¡Que se queden!

Por Jonás Bergstein

Mujica, con su flamante discurso en contra de las inversiones extranjeras, reproduce lugares comunes baratos.

Algunas semanas atrás, bajo el título “Mujica: Que se vayan”, la prensa local recogía declaraciones del Presidente José Mujica realizadas a la revista “Caras & Caretas”.

Se trata —para decirlo en dos palabras— de un largo prontuario de lugares comunes a propósito del rol de la inversión extranjera. Si ellas no vinieran de quien vienen, poco sentido tendría ocuparse de ellas: pero viniendo de un ex Presidente de la República, la excepción se impone.

Me detengo en el tramo final: “Ahora deberíamos estar peleando por la clase media y mandar a la [...] a Carrefour para darle vida a los boliches chicos. [...] Para qué quiero boliches importados, supermercados o farmacias... por favor, que se vayan y apuntalemos a los nuestros”.

Más allá de las infaltables malas palabras —no por reiteradas menos reprochables (quizás la prensa debiera asumir su responsabilidad y hacer un pacto de silencio para mitigar su propalación)—, algunas preguntas parecen casi obvias.

¿Es que sólo ahora deberíamos estar peleando por la clase media? ¿Es que un gobierno debiera bregar solamente por una clase en detrimento de todas las otras? ¿Dónde está escrito que para apoyar a la clase media es menester ignorar a las otras? Supongamos por un instante que esas declaraciones llegaran a ojos y oídos de las autoridades de UPM —que como se sabe desde hace tiempo vienen negociando la inversión privada de mayor porte en la historia del país—, ¿permanecerían inmutables?

En síntesis: nada nuevo bajo el horizonte. Es la misma visión reduccionista de siempre, que tanto daño nos ha causado (y nos sigue causando). La idea que en la sociedad hay forzosamente buenos y malos, un “ellos” y un “nosotros”. Es el recelo por el otro —en este caso: desprecio—, quienquiera que fuere. Es la falsa oposición entre inversión extranjera e inversión nacional (como si una y otra fueran excluyentes), o entre la denominada inversión “productiva” y la otra que presuntamente no lo es (y cuyo nombre —si lo tiene— confieso desconocer). Es la cultura confrontativa en la que vivimos (algunos le llaman “militancia”; nosotros preferimos hablar de confrontación).

En algún pasaje del testimonio transcripto, el Premio Jerusalén reflexiona —refiriéndose a la inversión extranjera—: “No va a ser por ahí que levantemos”.

Tiene toda la razón: mientras sigamos dominados por el discurso del resentimiento, la confrontación y los estereotipos, indudablemente no vamos a levantar por ahí. Y agrego: ni por ahí, ni por ningún otro lado.



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