¿Qué pasa, qué nos pasa?

La revolución tecnológica trae consigo grandes avances, pero también, enormes desafíos, ante los cuales se levanta un clima de perplejidad y de temor. El Dr. Julio María Sanguinetti planteó algunas alternativas en una nota publicada en El País de Montevideo. Reproducimos acá esa columna.

El mundo acusa un momento de desconcierto.

¿Por qué, cuando han fracasado todas las propuestas alternativas a la democracia liberal hay tanto escepticismo sobre su sistema? ¿Por qué, todavía, populismos de derecha o izquierda? ¿Por qué airados nacionalismos en medio de una globalización arrasadora? ¿Nos resignamos ante las noticias falsas, ante los algoritmos que nos padronizan la vida? La inteligencia artificial, ¿nos hará espectadores de nuestra propia sociedad?

Es hora entonces de pensar, no para extraviarnos en la parálisis del “titubeo metafísico”, que denunciaba Ortega en el comienzo del pasado siglo, sino para orientarnos en medio de cambios tan fundamentales que marcan, como se ha dicho, más que un “tiempo de cambios, un cambio de tiempo”. O sea, otra etapa histórica donde la economía digital -que prioriza el conocimiento- predomina sobre las riquezas tradicionales, agrícolas o industriales.

No es casualidad que las cinco empresas de mayor cotización bursátil sean Amazon, Apple, Microsoft, Google y Facebook. La riqueza nace de la innovación, dejando en el pasado la idea marxista de la “plusvalía”, arrancada al obrero en su salario como sustento de la acumulación capitalista.

Ante un cambio tan profundo, la perplejidad, la duda, el miedo, se instalan fácilmente. Frente al desconcierto de que las fronteras se borran porque la comunicación y los modos de consumo son hoy universales, suelen aparecer intentos vanos de abroquelarse en la pequeña comarca.

No hay más empleo para toda la vida, la nueva economía los crea mejor remunerados pero deja atrás mucha gente no preparada y esa inseguridad resucita la nostalgia de un mundo más seguro. En los Estados Unidos no hay desocupación pero quien fue obrero industrial todavía sueña con el viejo Detroit de las grandes empresas automovilísticas. Allí instaló Trump un espejismo, porque esa potencia industrial no retornará. EE.UU. seguirá siendo poderoso, no por un retorno imposible a lo que ya fue, sino porque genera el mayor número de patentes de invención, sus universidades siguen a la cabeza del mundo y su mercado altamente competitivo mantiene una productividad altísima.

Esa nostalgia es la que envuelve a Europa, que ya no es competitiva frente al Oriente (salvo excepcionalmente Alemania) y vive enormes dificultades para sostener lo que ha sido su mayor gloria: un Estado de Bienestar asentado en el elevado nivel de consumo de las clases medias. Lo que ocurre allí es que, a ese problema de inseguridad laboral, se le suma la acción terrorista y una inmigración musulmana que, a diferencia de los desplazamientos tradicionales, no pretende integrarse a la sociedad donde llega y preservar sus hábitos, sino incluso imponer algunos reñidos con los valores occidentales, como la subordinación de la mujer.

En escala menor es lo que nos ocurre en nuestra América Latina, que no responde a los valores de la América del Norte sino a los de su cultura ibérica tradicional. Hemos mejorado notablemente en el último medio siglo. La expectativa de vida supera en 4 años al promedio del mundo y ha agregado 16 años en los últimos 45, o sea casi 2 años por quinquenio. Nos guste o no nos guste, ese es el resultado de mejor salud y nutrición, y eso habla de una economía de mercado y una democracia que -pese a sus altibajos y muchos malos gobiernos- vienen ofreciendo progresivamente mejores condiciones de vida. Sin embargo, el mismo desasosiego nos invade.

El cambio en el mercado laboral, asociado a niveles de consumo cada día más desafiantes por su ilimitada oferta de comodidad, genera un sentimiento ambivalente que reflejan todas las encuestas: en general, la gente dice que ella está mejor pero que su país va mal. Lo cual puede ser cierto, pero no por un “neoliberalismo” que nadie ha aplicado (salvo Chile, con éxito, en la durísima dictadura de Pinochet) sino por lo que nos cuesta adaptarnos a la lógica competitiva de ese nuevo mundo.

Todo esto se refleja en el sistema democrático, asediado, a su vez, por tres factores fundamentales: la corrupción pública y privada; la inseguridad asociada al narcotráfico; y el impacto revolucionario de los medios de comunicación. El ciudadano no siente la necesidad de un “representante” porque directamente le habla al poder desde su Facebook o su Twitter; se cree informado cuando está ahogado por un aluvión de titulares informativos sin orden y vive un clima morboso de chismes y mentiras que le alimentan resentimientos.

Cada uno de estos temas merecería un análisis más profundo, pero a grandes rasgos este es nuestro mundo y ahí está el desafío. Negarlo es ingenuo o estúpido. Imaginar que todavía el sistema socialista puede dar respuesta, cuando fracasó en el mundo entero (y sino que lo diga China), es simplemente un error, a esta altura imperdonable frente a la evidencia histórica.

Creer que las propuestas populistas, que han cercenado libertades y despilfarrado la bonanza de la década del dos mil tres, nos van a devolver ese holgura circunstancial y excepcional, es soñar despiertos y hundirnos en una crisis todavía evitable. Todo comienza por entender que para preservar una democracia social como la que construyó el Batllismo en Uruguay (que es lo que aún sobrevive de la gran república que fuimos) es impostergable insertarnos en este nuevo mundo. Él nos impone, acuciosamente, una educación más moderna en métodos y contenidos, un Estado que estimule, una seguridad pública fuerte y una respuesta constante al desafío de la productividad. A la inversa, pondremos marcha atrás si no ponemos fe en el sistema, dudamos todavía si Venezuela es una dictadura o creemos que los déficits no importan y que hay atajos posibles para distribuir riqueza que no hemos generado. Lo que sería muy triste.



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