Qué esperar de la próxima cumbre de la OMC

Por Tomás Laguna

La Organización Mundial de Comercio celebrará su 11ª Conferencia Ministerial entre los días 10 y 13 de diciembre próximos, en Buenos Aires procurando consolidar los acuerdos alcanzados en Nairobi hace dos años. Instancias cruciales para nuestro país.

Se trata del órgano decisorio supremo de la OMC, donde convergen los ministros de comercio y otros altos funcionarios de los 164 países miembros de la Organización. Esta instancia fue establecida en el Acuerdo de Marrakech (abril de 1994) y debe reunirse por lo menos una vez cada dos años. La última Conferencia Ministerial tuvo lugar en Nairobi, Kenya, en diciembre de 2015. El brasileño Roberto Azevedo, director general de la OMC, sostenía entonces que "Las negociaciones de la OMC tenían el mal hábito de acabar en fracaso, pero en las dos últimas reuniones ministeriales hemos creado un nuevo hábito: éxito" haciendo referencia al punto que más ha enconado las posiciones de economías ricas y países en desarrollo: la concesión de ayudas a la exportación de los productos agrarios de los países desarrollados, lo que ha limitado el comercio de bienes de las economías en desarrollo con los países ricos. Haciendo referencia al gran pacto alcanzado en 2013 en Bali, el único acuerdo multilateral aprobado por la OMC en 18 años, Azevêdo presentó el acuerdo de Nairobi, apoyado de forma unánime por los ministros, como "el mejor posible".

El aspecto más valioso de aquella declaración ministerial fue la supresión de las ayudas a la producción agrícola, una larga reivindicación del grupo de los países menos desarrollados, encabezados por las economías africanas, que convirtieron aquella cumbre, la primera celebrada en su suelo, en caja de resonancia de sus demandas.

Desde entonces transcurrieron dos años y la decisión tomada en Nairobi no parece haber tenido mayor incidencia en el comercio mundial de productos de origen agropecuario. Más aún, la irrupción del actual presidente de los Estados Unidos con sus arrebatos proteccionistas y su desprecio a la institucionalidad internacional ha aumentado aún más las incertidumbres y la credibilidad de la OMC como órgano rector del comercio mundial.  ¿Esto significa que haya que darle vuelta la cara a esta vapuleada institución? Sería tan tonto como despreciar un salvavidas en medio de un naufragio aun cuando esté algo desinflado. Tal vez más que nunca haya que prestarle atención y no ser los responsables de su hundimiento final, teniendo presente que de ocurrir esto nuestra economía quedará más que nunca a la deriva de las tempestades del comercio internacional.

En lo que refiere a nuestra realidad, es clara la incompetencia absoluta que tenemos para lograr acuerdos de comercio con otras economías. Nuestra comercio exterior está condicionado por el corral de ramas comercial en que se ha convertido el MERCOSUR, precisamente el bloque económico más aislado comercialmente de todo el orbe. Hoy con torpeza sin igual intentando lograr un paupérrimo acuerdo con la UE. En adición, cada vez que procuramos un TLC con economías pujantes surge la contra arrebatada de la izquierda, personalizada en el diputado Roberto Chiazzaro, quién obcecadamente no cede en su esfuerzo para que nuestro país se transforme en una suerte de autarquía, salvo que las relaciones de integración sea con economías socialistas, indefectiblemente todas fundidas (por culpa del imperialismo dirá Chiazzaro y sus compas).

Aún a pesar del adoquín ideológico que sigue pesando en el partido de gobierno a la hora de proyectar nuestro país al mundo, debemos exportar. Como sea debemos exportar, nos va la vida. Esto condiciona la viabilidad de nuestra producción necesariamente proyectada al mundo y nos debe transformar en defensores a ultranza del multilateralismo, procurando un comercio mundial libre de distorsiones. El escenario dónde se puede lograr algún avance es la OMC, y en particular la próxima Cumbre Ministerial. No faltará quien diga que somos ingenuos, les respondemos que procurando encontrar caminos preferimos no ser escépticos, y en la institucionalidad internacional siempre habrá un camino posible, hoy empedrado, pero camino al fin.

Las mayores amenazas de esta próxima cumbre están por el lado de la principal economía del mundo. La información última que disponemos es que los negociadores de los EEUU no cuentan con instrucciones de ningún tipo, esto es, no tienen aval alguno para participar en las negociaciones en una nueva muestra de desprecio del Sr. Trump a la economía mundial. Más que nunca hay que apoyar esa institucionalidad, aún desde nuestra pequeña dimensión.

Las banderas que nos convocan son cuatro: Eliminación de las ayudas domésticas reduciéndolas a aquellas aceptadas por cuestiones ambientales, siempre y cuando no sean distorsivas; Mejor acceso a mercados mediante la reducción de aranceles y eliminación de trabas no arancelarias; Abolición definitiva del subsidio a las exportaciones; Consolidación de los Acuerdos de Facilitación al Comercio ya establecidos en la cumbre de Bali (2013) que permita reducir los costos mayormente burocráticos del comercio mundial. Avances en estos cuatro grandes capítulos serían un gran logro para la Cumbre de Buenos Aires.

Queda por saber cuál será la estrategia de nuestro país en esta nueva Cumbre. Desde que las políticas internacionales son definidas por la izquierda vernácula en el poder, nuestro posicionamiento estratégico cambió. Se despreció el esfuerzo de las naciones agro exportadoras lideradas por Australia (Grupo de Cairns) para sumarse al G20 doblegándose a la presión de Brasil. Bloque este último dónde nuestros principales intereses en materia de comercio de productos agrícolas aparecen diluidos. La pregunta es si persistirán en esta estrategia, o se volverá a posiciones más acordes a nuestros fundamentales intereses a partir de la visión del actual Canciller y nuestro delegado ante la OMC Emb. Carlos Perez del Castillo.

Al decir de Rodó en Ariel, seremos espectadores atentos al no poder ser actores.



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