Opinando sobre un tema incómodo, el femicidio

Por Decler Ruíz

Una injusticia no se repara con otra injusticia. Y resulta insólito -y preocupante- que plantearlo pueda ser señalado como un acto reaccionario y censurable. Pese a los aparentes consensos impuestos, pensar y expresarse con libertad sigue constituyendo el antídoto contra las lógica autoritarias e inquisitoriales.

Luego de un breve período en el cual parecía que Occidente había pactado el respeto de la libertad expresión y la igualdad ante la ley, se reinstala un modelo de división maniquea de la sociedad. Por una parte, se promueve a nivel global y nacional legislación que pone un énfasis novedoso en la orientación sexual o el sexo biológico de los individuos. Por otra, están volviendo a tomar fuerza viejos mecanismos que fomentan la autocensura en la discusión de temas controversiales. Atrevámonos hoy a dejar de lado estas ataduras y a reflexionar con libertad sobre el femicidio.

Desde hace poco tiempo en nuestro país, un mismo crimen, matar a una persona, recibe distinto castigo en función del sexo del perpetrador y de la víctima. La reciente modificación de la legislación hace una distinción basada en el sexo y establece que el asesinato será castigado con mayor rigor cuando exista "odio, desprecio o menosprecio" hacia la víctima por su condición de mujer. A fin de mantener el principio de igualdad ante la ley, se podría haber optado por una fórmula que contemplase como un agravante muy especial el homicidio con base en el "odio, desprecio o menosprecio" al sexo u orientación sexual de la víctima. Sin detrimento de los casos de femicidio, también hubiera quedado comprendido cualquier homicidio cometido por odio a otro sexo u orientación sexual.

Con la redacción propuesta la mayoría de los condenados seguirían siendo hombres, pero no se excluiría la posibilidad de que una asesina también pudiera ser juzgada por un crimen de odio al sexo opuesto. Es innecesario violentar las garantías que la Constitución nos otorga para ser más severos con quienes cometen crímenes horrendos. No es casual que la nueva legislación haya sido redactada de esta forma: subyace una clara postura ideológica, un feminismo radical y antiliberal, que presupone que es imposible que una mujer odie a los hombres. Estos casos deben ser contemplados, aunque sean minoritarios. No en vano la justicia es representada con una venda en los ojos, se supone que no debería tener en cuenta las características exteriores del acusado, incluido su sexo. Hace pocos días un hombre fue encerrado y quemado vivo en su casa. Pongámonos en los zapatos de su madre. ¿Acaso el elevado numero de víctimas mujeres nos impediría reclamar la misma justicia para ese hijo varón?

Una injusticia no repara otra injusticia, sino que alimenta una cadena de odios. El femicidio no subsana el trato desigual que la mujer ha sufrido a lo largo de la historia, ni las inequidades que hasta hoy perviven en nuestra sociedad. La aprobación del femicidio no ha disminuido el número de victimas, por el contrario, pareciera que solo ha propuesto una falsa solución y alimentado odios. Se intuye un cambio en el discurso político de algunos sectores, el concepto ya tan manido de lucha de clases deja lugar a la lucha de géneros.

Rechacemos los enfrentamientos maniqueos y los radicalismos, construyamos en su lugar una concordia con base en cambios graduales, justos y sostenidos que tengan hoy y siempre como guía la libertad tanto de hombres como de mujeres.




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