Nadie es neutral

El gobierno uruguayo, en su desesperación por aliviar un poco la harto difícil situación en que se encuentra, acuñó el concepto de “neutralidad” en el conflicto institucional de Venezuela. Ello, además de no reflejar la realidad, es desdoroso.

Para empezar, digamos que el gobierno uruguayo nunca fue neutral. Siempre estuvo con el chavismo, primero con el comandante Chávez, en un idilio nutrido de declaraciones y negocios, y luego con Maduro, que le agregó —a la arbitrariedad que heredó— una dosis de torpeza y grosería sin límites. Es más: no se puede olvidar el modo espurio con que se hizo entrar a Venezuela al Mercosur, expulsando a Paraguay de modo ilegítimo. Fue entonces, cuando se dejó claro que “lo político está por encima de lo jurídico”.

En cuanto a la idea de neutralidad, imposible —como decimos— para el gobierno uruguayo, es además inaceptable en su concepto. Frente a una dictadura como la venezolana, que ha violado todas las libertades, que mantiene presos a líderes de la oposición, que no respeta la libre expresión del pensamiento, que ha subordinado la Justicia, no cabe la neutralidad. Nuestro país podrá mantener sus relaciones diplomáticas, como lo ha hecho con regímenes opuestos a nuestra concepción democrática, pero de allí a aplaudirlos y apoyarlos en su arbitrariedad, media una diferencia de sustancia.

La crisis venezolana, además, tiene hoy una dimensión internacional incuestionable. El tema ha rebasado sus fronteras. Miles de emigrantes expulsados por la miseria y el acoso, cruzan fronteras para llegar a nuestros países. Hay una severa crisis humanitaria. La Asamblea Nacional, cuya legitimidad es incuestionable porque emanó de una elección libre, ha resuelto proclamar a su presidente como gobernante provisorio, tal cual dispone la Constitución al vencer el mandato de Maduro, lo cual impone, al resto de la comunidad internacional, la necesidad de pronunciarse.

Invocar la no intervención es desenfocar el tema. Este ya es, por definición, internacional y hace que nadie pueda posicionarse como neutral. Se reconoce al presidente de la Asamblea “sí o no”, de modo que no hay espacio para una decisión ambigua.

Todo lo hecho por nuestro país en esta materia ha sido vergonzoso. Y condena al Frente Amplio todo. Desnuda la convicción antidemocrática de la mayoría de sus legisladores. Revela la debilidad de quienes, como el propio presidente Vázquez, no pueden estar creyendo que hay una democracia en Venezuela.

Estas son las horas definitorias en que un gobierno y un país, asumen su condición esencial. El Frente Amplio ha reiterado, como pasó históricamente con los partidos marxistas uruguayos, su devoción al chavismo, como lo fue antes a los regímenes comunistas y lo sigue siendo ante el cubano. Ha arrastrado formalmente a nuestro Uruguay a una situación de real desprestigio, resquebrajando una tradición histórica. Felizmente, la oposición está cumpliendo su rol, el periodismo de opinión también y no demorará el momento en que el gobierno tenga que aceptar la realidad.

Ahora hay que precaverse de que las iniciativas de acompañamiento político no terminen en un diálogo inconducente. Ya pasó antes y solo sirvió para darle oxígeno a la dictadura, desesperada por ganar tiempo. Acá hay prerrequisitos para cualquier negociación y es el reconocimiento de la Asamblea, el restablecimiento de las libertades y la decisión de convocar a elecciones. La fecha y los modos son el núcleo de la negociación, pero antes de sentarse a conversar tiene que estar claro lo anterior. De lo contrario, “conversar” es simplemente regalarle tiempo de supervivencia a una dictadura ya vencida.



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