Mujica y la tierra como objetivo político

Por Tomás Laguna

Lo peor que le puede ocurrir a cualquier tema que se deba procesar y dirimir en el inabarcable ámbito de la opinión pública, es que el mismo se ideologice primero y politice luego. La propiedad de la tierra y el agro negocio son el mejor ejemplo.

Recientemente el ex Presidente Mujica participó en Brasil de la Feria Nacional por la Reforma Agraria organizada por el Movimiento de los Sin Tierra, oportunidad en que sostuvo que la tierra como sustento alimenticio en base a la agricultura debe estar en manos del pueblo y no de empresas privadas. Argumentó que “La tierra no puede ser un calvario de pobreza, también debe ser un instrumento de liberación, para la compasión y la poesía, no solo para los negocios. Tienen que poner el alma a la planta. Terreno cultivado sin alma es un fracaso” (sic). En la víspera al encuentro referido, el ex presidente había participado junto al ex presidente Lula da Silva de una jornada con el Partido de los Trabajadores.

Otras sentencias realizadas en esta instancia merecen destacarse del discurso del veterano guerrillero y ex presidente: “La tierra no puede ser de propiedad privada, debe ser de uso del pueblo. No tenemos la tierra, la tierra nos tiene a nosotros”. Logró la ovación de la tribuna cuando sentenció “Luchamos por el poder y la civilización. Todo progreso humano está en la tierra. Tu puedes vivir con una lechuga pero la vida no se compra”. Rechazó la economía de mercado y la agricultura de la productividad para vender todo más caro. Estas frases y definiciones son más que suficiente para darle forma a una línea ideológica que debería haber muerto con la caída del muro de Berlín pero que por estas tierras aún tiene sus adeptos, y que de prosperar hundiría a nuestro país en una miseria similar a la venezolana.

En alguna oportunidad ya nos referimos a este asunto de la tierra en un análisis al que intentamos dar una lógica que escapara al manejo meramente ideológico. Nos reiteraremos en el mismo razonamiento con las disculpas del lector.

El notable escritor y  ensayista Ernesto Sábato realizó una interesante observación sobre el valor de la tierra. Al respecto Sábato sostenía que la tierra como elemento de poder había tenido su máxima significación en el mundo feudal. Una sociedad que era estática, conservadora y espacial, a la que contrapone el mundo moderno como sociedad cuantitativa, dinámica, liberal y temporal. En este nuevo  orden prevalece el tiempo sobre el espacio. Una sociedad dominada por el dinero y la razón, irrumpiendo la mentalidad utilitaria dónde todo se cuantifica. Esta sociedad moderna tiene su nodo en la ciudad, dónde surgen las distintas fuerzas que generan esta dinámica marcada por la temporalidad en medio de la liberalidad de sus valores fundamentales.

Si aceptamos las definiciones de Sábato, nos enfrentamos a dos concepciones contrapuestas separadas entre sí por el pasar de la historia, no obstante aquellas concepciones que deberían estar perimidas  persisten en nuestros días ya no por una cultura y forma en que se estructura una sociedad sino pura y simplemente por pura ideología. Podemos decir que quienes refieren al recurso tierra asignándole  un valor social por encima del concepto utilitario generador de riqueza, responden  en gran medida a la concepción predominante en una época pre capitalista, contraponiéndose a las concepciones de la sociedad occidental contemporánea, dónde la valoración utilitaria, maximizadora de rentas y por ende generadora de riqueza  antepone estos fines, dejando en un nivel secundario la propiedad del bien en tanto esté en directa relación con el fin último, generar riquezas.

También se hace necesario comprender que, más allá de quienes ideologizan la propiedad de la tierra, existe una idiosincrasia cultivada a partir de la vida en el medio rural, la que hace cuestión de todos aquellos elementos que definen el vínculo del hombre con la tierra, en cuyo caso se pone en cuestión un estilo de vida que luego se sustenta en una determinada actividad económica. Estos valores se acercan más a la concepción imperante en el mundo feudal antes que la visión utilitaria de la sociedad urbana, si bien son concepciones que pierden adeptos conforme las nuevas generaciones persiguen otros paradigmas lo que ha generado procesos inexorables de envejeciendo de la población rural, aún en economías desarrolladas.

El ex presidente Mujica gusta de enardecer a la tribuna con sus arengas pre-capitalistas. Y por ahí termina su encanto revolucionario. Seguramente sabe que su romanticismo revolucionario es inviable, pero lo usa irresponsablemente. Sabe que sus paradigmas socialistas serían la muerte del agro negocio de exportación con gravísimas consecuencias para nuestra economía, pero para diluir sus inconsistencias luego de 5 años de gobierno reivindica al Instituto de Colonización como instrumento de reforma agraria. Una reforma agraria en cuenta gotas pero que le permite tanto a él como a sus seguidores lavar sus culpas contra revolucionarias.

La referencia al viejo Instituto Nacional de Colonización, audaz instrumento del batllismo en tiempos de la ganadería extractiva, dónde carne, cueros y lanas eran nuestros principales productos de exportación, también nos debe obligar a un análisis desapasionado de paradigmas ya superados.  ¿Tiene sentido este instrumento en los tiempos que corren? En su momento lo tuvo el Frigorífico Nacional, y fue un logro reclamado por las mismas gremiales de ganaderos, hoy es una propuesta solo defendida desde el imaginario comunista.  Seguramente la sociedad tiene urgencias que no pasan por el acceso a la tierra de unos pocos, por merecedores que sean del recurso productivo. Se hace necesaria una discusión inteligente y desapasionada de esta institución y sus objetivos, pero no desde la impronta pre capitalista y medieval como las que defiende el ex presidente y la izquierda ideológicamente más reaccionaria.



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