Menchi, un grande

Hijo del Profesor Juan Carlos Sabat Pebet y de Matilde Garibadi, él eminente profesor, ella historiadora experta en heráldica, Menchi fue paradigmático representante de esa clase media culta que hizo lo mejor del Uruguay moderno. Su padre —también dibujante aficionado— era hijo, a su vez, del primer Hermenegildo, un caricaturista fundacional en el periodismo uruguayo.

Tenía 85 años y murió durmiendo. Había estado en el diario “Clarín” esa tarde, como todos los días. Desde 1973 integraba su redacción y no era un ilustrador gráfico: sus dibujos eran editoriales, cargados de sentido. Cuando estaba prohibido dibujar al teniente general Videla, se las ingenió para hacerlo en ocasión del campeonato mundial de fútbol. Cuando la Dra. Kirchner lo acusó de “cuasi mafioso”, no contestó y siguió denunciando las inmoralidades y actos autoritarios de su gobierno. Las amenazas menudearon en su larga vida periodística; nunca lo perturbaron. Y por eso recibió, entre otras tantas distinciones, el Premio Moors Cabot con que la Universidad de Columbia distingue a los luchadores de la libertad de expresión.

Había llegado a Buenos Aires en 1965, trabajando en “Primera Plana” y “La Opinión”, hasta su recalada, hoy ya histórica, en “Clarín”. Se fue de Montevideo, inquieto, en busca de otros horizontes, como ha sido tan tradicional en nuestros artistas, que han encontrado en Buenos Aires su sitio consagratorio.

Le habíamos conocido en “Acción”, diez años antes. Era el diario de Luis Batlle Berres, un gran presidente de la democracia. Si bien el diario era una empresa pobre, su redacción era un lujo, con figuras como Pancho Llano en la jefatura, Ángel Rama en el Teatro, María Freire en arte y Juan Carlos Onetti en la información general. Luego trabajó en “El País”, donde llegó a Secretario de Redacción.

Los Sábat eran todos batllistas y Menchi (su Hermenegildo solo se usa oficialmente) también lo fue, aunque naturalmente su vida se sumergió en el periodismo y el arte y no en la militancia. En los últimos tiempos, en afectuosos reencuentros, hablamos mucho de lo que había significado el Batllismo para el Uruguay, especialmente cuando la Argentina en que vivía y combatía, adolecía bajo el autoritarismo kirchnerista.

Menchi fue un formidable periodista. Bien lógico fue, por ello, que la Fundación del Nuevo Periodismo la entregara su mayor reconocimiento de la mano de Gabriel García Márquez. Y también que presidiera la Academia Nacional de Periodismo. El hecho es que dibujando hablaba, discutía, desafiaba, aparte de la gracia de las situaciones que solía plantear con sus trazos. Algunos de sus personajes han pasado a ser ya íconos, como Gardel, Troilo y Piazzola. Pero su galería recoge a figuras del jazz norteamericano como a políticos de todo el mundo, interpretados a su modo, con la exageración justa del detalle característico y la visión aguda de quien ve más allá de lo físico.

Del dibujo pasó a la pintura y también brilló. Fuerte, expresionista en su actitud, de a ratos casi abstracto aunque aparecieran personajes, definió una personalidad singularísima. De esa labor artística queda el registro de innumerables libros, en que aparecen óleos, acuarelas y sobre todo trabajos a tinta, intercalados con lúcidos textos.

Más allá de esa historia rica y brillante, Menchi fue un formidable ejemplar humano. Detrás de sus clásicos lentes, jugueteaban unos ojos pícaros. No era de mucho hablar, pero sí de agudo humorismo y definiciones muy pensadas. Le gustaba mirar detrás de la superficie de las cosas. Independiente, valeroso, nunca sacaba pecho, pero jamás se calló lo que quería decir, aunque tuviera que darle mil vueltas a la pluma. Amigo fiel, siempre estaba, entendiendo y alentando a sus cercanos.

Formó una hermosa familia con Blanca, a quien hacemos llegar nuestro afectuoso, fraterno, saludo, junto a sus hijos. Tuvieron ellos el privilegio de contar con Menchi, por lo que el dolor y la abrupta sorpresa de hoy darán paso, con el tiempo, al patrimonio inestimable de haber convivido con un grande.

J. M. S.



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