Los reclamos del campo y la renta de la tierra

Por Tomás Laguna

El uso del valor de la renta que se paga por arrendar campo como argumento utilizado por la izquierda marxista para contrarrestar los reclamos del agro ante el elevado costo país solo merece una respuesta: “Es el mercado, estúpido”

En los 13 años de gobierno consecutivos que lleva la izquierda, la amplia movilización y contundencia de los reclamos surgidos desde el campo se han constituido como la primera reacción contestataria de la conducción de la economía y no solo de esta sino también de la forma de conducirse por parte de los hombres de gobierno. En una sociedad muy mansa, poco proclive a expresarse mediante movilizaciones masivas, la amplia adhesión que en pocos días logró este movimiento auto convocado trasunta el descontento generalizado de aquella parte de la ciudadanía que depende de su propio esfuerzo para generar sus ingresos, sea cual sea el rubro en el que se desempeña.

La reacción desde la propia izquierda, sus operadores políticos, en particular varios legisladores, fue desacreditar los reclamos apelando a la manipulación de argumentos, pero por encima de todo procurando crear la confrontación social a partir de sus odios de clase. Para ello no dudaron en inventar demonios escondidos entre los movilizados. Oligarcas y terratenientes que quieren terminar con los planes sociales del gobierno. Argumentos casi infantiles pero efectivos entre la majada de sus incondicionales. Que el reclamo provenga del campo les rechina en las tripas y les provoca convulsiones intestinales a los más conspicuos militantes del marxismo criollo. Les resulta indigerible que los señores propietarios de la tierra hayan sido capaces de movilizar a todo el país en un generalizado reclamo contra el gobierno.

Entre los enredos argumentales a los que apelan, ha sido habitual la invocación a la renta de la tierra. El senador del MPP, Ing. Agr. Daniel Garín afirmó “el arrendamiento de tierra es un factor de costo que ha estado incrementándose en términos relativos. Es el que más se ha incrementado y no tiene contraprestación (esto último para su criterio marxista, claro...). Eso hace que el proceso productivo tenga más costos y afecte la competitividad al sector, tanto más cuanta más tierra sea arrendada”, agregando que quieren considerar el costo de la renta y analizar los perjuicios que genera. En el mismo sentido se expresaron con insistencia obsesiva los también ingenieros agrónomos Ernesto Agazzi y Andrés Berterreche. No se quedó atrás la senadora Lucía Topolanski. Más aún, siendo subsecretario del MGAP, el Ing. Agr. Berterreche sostenía en un reportaje concedido por entonces a una revista especializada: “Es peligroso que haya productores con tierra que no producen. Me gustaría más una agricultura con agricultores que estén en los procesos de producción y que no sean tipos que reciben una renta por tener circunstancialmente un título de propiedad de tierra”. Queda claro el concepto detrás del argumento de estos señores, la tierra no es un bien de la economía de mercado y como tal debe restringirse en su derecho de propiedad.

No se trata de otra cosa que la “Noche de la Nostalgia”, una visión retro de las discusiones “sesentistas” cuando muchos pseudo intelectuales “progre” perdían el tiempo discutiendo la teoría del valor, la plusvalía, los modelos colectivos de producción y toda la sarta de dislates que proponían la construcción de una nueva sociedad dónde el hombre nuevo dedicaría todo su esfuerzo individual al bienestar social, al decir del compañero comandante Che Guevara. Como en la historia vivida desde entonces por la humanidad el modelo que inspira a Garín, Agazzi, Berterreche y Topolanski no ha demostrado ser viable, preferimos seguir hablando en términos de economía de mercado dónde para analizar los fenómenos de la economía hay que entender que ocurre con la oferta y la demanda, como a partir de ambas se asignan los recursos y como estos inciden luego en los modelos de la producción. Es lo que surge de la voluntad humana dedicada al esfuerzo de generar valor en el uso de todas sus libertades, para su beneficio pero también para su riesgo. Es la diferencia entre las concepciones liberales y los socialistas totalitarios.

Los arrendamientos, la renta de la tierra, es un precio más de la economía. Por más que le rechine a nuestros conspicuos marxistas. Y como tal está atado al resultado del negocio como también lo está el precio para acceder a la tierra en propiedad. Vale recordar cuando el ex Presidente José Mujica, siendo Ministro de Ganadería y en pleno auge del agro negocio, se lamentaba por el “maldito precio de la tierra” que impedía que el pequeño productor accediera a ella, sin comprender que aquella valorización era lo que mejor le podía estar ocurriendo al país. Con un precio muy alto del recurso su utilización necesariamente debía intensificarse, aumentando la productividad, en contrario con el uso extensivo y especulativo, tan controvertido por la misma izquierda. Lo que no habían logrado aquellos impuestos finalistas que gravaban una ficticia renta media, inventados en los sesenta, se logró por la mera expansión del negocio y la renta que este genera. A propósito, década frustrante la de los 60 para tantos intelectuales del desarrollo...

El valor de la renta de la tierra ya ha bajado en el entorno del 35% según regiones. Lo que puede ocurrir que contratos de tiempo atrás condicionen al productor con un precio que no se condice con los tiempos que corren. Las renegociaciones de contratos son un hecho, porque el propietario de la tierra sabe que si se queda sin su arrendatario no logrará los valores del contrato en el mercado. El mercado por si solo se equilibrará en poco tiempo, afectando del mismo modo la “plus valía” de la renta, que tanto le quita el sueño a nuestros marxistas vernáculos.

Mientras tanto, el problema de la competitividad y por ende viabilidad de la producción nacional, sea campo o industria, sigue seriamente cuestionada, y no será la renta de la tierra la que la arregle...



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