La situación carcelaria: ni herencia, ni complacencia

Por Nicolás Álvarez

El “adentro” y el “afuera” están destinados a convivir. Se trata de lograr que esa convivencia entre ambos mundos resulte la mejor posible.

El sistema penitenciario uruguayo transita por una compleja situación. Los sucesivos informes del Comisionado Parlamentario evidencian el agotamiento de un modelo incapaz de garantizar condiciones mínimas de reclusión, menos aún de rehabilitación. Esta falta de oportunidades (rehabilitación) y garantías (reclusión) son consecuencia de un hecho igual de preocupante: la omisión del Estado —por falta de acción o por corrupción— genera un vacío de autoridad ocupado por los propios reclusos. Con los elementos a la vista, los hechos noticiosos de las últimas semanas no deberían causar asombro. Por suerte, aún sucede lo contrario.

No obstante, lejos de ser epicentro del actual debate sobre seguridad, el asunto “de las cárceles” surge como respuesta a hechos puntuales, de coyuntura, sin perjuicio de aquellas voces solitarias que han intentado, sin éxito, sostener el tema en la agenda. La invisibilización de la problemática carcelaria responde a una sencilla razón: dada la compleja situación de inseguridad del “afuera”, donde se concentran, lógicamente, la mayor parte de las demandas ciudadanas, el “adentro” pasa a un segundo plano.

Esta disociación entre “mundos” aparentemente distantes, es problemática: existe un proceso de retroalimentación constante. Aunque cueste admitirlo, las cárceles son un reflejo de la sociedad; su peor reflejo: el violento. Sin posibilidades reales de rehabilitación —para una posterior reinserción en la sociedad— es improbable poner fin a la reincidencia, el hacinamiento y, mucho menos. a la violencia. El “adentro” y el “afuera” están destinados a convivir, con o sin medidas para garantizar dicha convivencia.

Sin duda, hallar el equilibrio adecuado entre los diversos componentes de la política de seguridad —prevención, represión, rehabilitación y reinserción— no es sencillo. En su defensa, las autoridades del gobierno han manifestado que “no es un asunto nuevo”, que “siempre pasó”. Por más esfuerzo que se haga en reconocer medidas concretas, que de hecho se han implementado en forma focalizada, minimizar la gravedad del asunto es absurdo. Realizar un llamado a la complacencia, apelando a una supuesta herencia, es aún peor.



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