La revolución ficticia

La celebración del décimo aniversario del Plan Ceibal llevó al gobierno a proclamar los éxitos de una supuesta revolución. Sin embargo, los resultados educativos siguen siendo muy malos. Si no hay cambios en la enseñanza de nada servirán las maquinitas.

Convencido de que se trata de uno de los pocos logros que puede exhibir, el gobierno celebró el décimo aniversario del Plan Ceibal con gran entusiasmo, señalándolo como una marca histórica en el progreso del país. La euforia contagió también el ideólogo del plan “un niño, una computadora”, el arquitecto e informático norteamericano Nicholas Negroponte, quien fue invitado especialmente a Montevideo, ocasión en que declaró que “Uruguay se ha convertido en la palabra clave para designar el modelo de educación avanzada... país que en veinte años sacará las personas más creativas del mundo”.

A esos elogios se suma la puesta en escena del Presidente Vázquez, yendo con su consejo de ministros trashumante a Cardal, Florida, donde hace una década se lanzó la iniciativa.

Es razonable que se celebre el Plan Ceibal, ideado como se sabe en Estados Unidos —la cuna de todos los males según el relato histórico del Frente Amplio— y aplicado acá a un costo de U$S 50 millones por año. Pero no es razonable ni justo que se señale la propuesta como revolucionaria ni como un hito en la evolución de la enseñanza y de la mentalidad de nuestros jóvenes, sometidos —lamentablemente— a los mediocres resultados que se registran en nuestro país en comprensión lectora, uso de las matemáticas y capacidad de entendimiento.

Un estudio oficial de hace poco tiempo, realizado por un instituto de la Universidad de la República y financiado incluso por el propio Plan Ceibal, demostró que “los resultados sugieren que el Plan Ceibal no habría tenido un impacto en matemática y lectura ni a nivel general ni según nivel socioeconómico".

El estudio subraya que los resultados "se encuentran en línea con la mayor parte de la literatura sobre el impacto del uso de computadoras en el aprendizaje, la cual encuentra resultados nulos o negativos". Asimismo, se puso énfasis en el divorcio que existe entre el uso de computadoras y los maestros y profesores, sugiriéndose la necesidad de estimular un mayor vínculo entre las partes y una integración más completa de las maquinitas a los planes educativos.

Creer, como quieren creer (y hacernos creer) las autoridades nacionales y como sugiere el asesor Negroponte, que el mero acceso a internet significará un cambio de mentalidad y de formación, es realmente ingenuo, cuando no falaz. Los altos porcentajes de deserción y de repetición, los resultados pésimos que arrojan las pruebas Pisa y el negativo saldo de quienes terminan el segundo ciclo e ingresan a las Facultades, dan cuenta de un panorama absolutamente desalentador y que va en sentido exactamente contrario a lo indicado por los anuncios oficiales.

Como acaba de indicar en forma indesmentible el Foro Económico Mundial, los desafíos del mundo contemporáneo exigen ser mucho más exigentes que la mera entrega de una computadora por niño, que es hoy un objetivo absolutamente básico e insuficiente. Para formar seres humanos y ciudadanos del siglo XXI, personas que puedan desenvolverse con independencia y con empuje, se hace necesario educar a los jóvenes en la alfabetización tradicional junto a las habilidades numéricas, científicas, financieras y culturales que permitan acceder integralmente a la tecnología de la información (no sólo a los aparatitos); dotarlos de las competencias para asumir el pensamiento crítico, la creatividad y la capacidad para trabajar en equipo; así como ofrecerles el aprendizaje de las “cualidades de carácter” para trabajar y producir, lo que requiere incentivar la curiosidad, el emprendimiento, la percepción de los cambios económicos y sociales y el sentido de emprendimiento y de superación que deben tener hoy los jóvenes.

Ninguno de estos logros está a la vista y estamos exactamente en las antípodas de esas perspectivas, lo que el entusiasta Negroponte debió haber tenido en cuenta antes de lanzar sus aventurados comentarios. Y lo que el gobierno del doctor Vázquez, uno de los principales responsables de la chatura y mediocridad a los que ha llegado nuestra vapuleada Enseñanza, debería reconocer con la humildad que lamentablemente le falta. Porque sin un reconocimiento sincero de la situación, todo lo demás es imaginería o mala propaganda política.



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