La revolución de las lagunas

Con ese título, el ingeniero Eduardo Blasina publicó en El Observador una columna – que es oportuno reproducir - sobre el significado de la polémica ante la ley de riego, que demuestra prejuicios y falta de racionalidad.

Al momento de escribir esta nota ha terminado el plazo para recopilar firmas que realizan quienes intentan frenar la ley de riego. Un esfuerzo importante de ciudadanos preocupados que han dedicado tiempo, dinero, esfuerzos que tal vez generen luego más esfuerzos y más dineros para intentar frenar la ley.
Aunque la ley fue largamente debatida, aunque no cambia mayormente la situación planteada por la ley anterior, apenas promoviendo la cooperación entre productores para juntar agua, a pesar de que logró el apoyo de legisladores de todos los partidos, la oposición a la ley está allí, liderada por el sindicato de la empresa estatal de aguas (porque la ley “privatiza”), y con el apoyo de gente bien intencionada genuinamente preocupada por la contaminación de las aguas, ciertamente un problema serio e importante del Uruguay de este siglo.
Más allá de las argumentaciones de una y otra postura, que a mi entender no tienen nada que ver con una privatización, no deja de ser interesante como los humanos somos manipulables a través de las amenazas mucho más que a través de las oportunidades.
La oportunidad es evidente: permitir que dos, tres o cuatro productores se agrupen, construyan una pequeña represa, puedan acumular el agua y puedan zafar de las sequías que serán cada vez más frecuentes y dañinas.

La oportunidad es desarrollar establemente la producción de forraje y granos, generar puestos de trabajo, pero sobre todo generar un país mucho más verde. Mientras los que han dedicado tiempo y esfuerzos para frenar esta ley imaginan que las represas serán pozos infectos llenos de algas ponzoñosas, quienes tienen las represas saben que son un lugar donde se juntan peces, anfibios, aves y mamíferos. Vale la pena repasar los tuits de Laura Pagés esta semana al respecto.
A pesar de que los uruguayos urbanos viven muy cerca de las zonas rurales, el desconocimiento de la realidad es absoluto y un militante puede pararse en 18 de Julio y Tristán Narvaja e increpar a quienes no firman: “¿es que no te importa que le envenenen el agua a tus hijos?” El temor al extranjero también sirve para asustar. El agua se extranjerizará, como si de alguna manera alguien de fuera del país fuese a trabar nuestro legítimo acceso al elemento clave para la vida.

Propone Yuval Noah Harari, en su reciente libro 21 lecciones para el siglo XXI que a pesar de que vivimos en la sociedad de la información, cada vez sabemos menos de los temas sobre los que tenemos que decidir y que eso es un desafío mayor para el liberalismo que apostaba a la racionalidad de los individuos como tomadores de decisiones. “Personas que apenas tienen conocimientos de biología o de meteorología proponen no obstante políticas relacionadas con el cambio climático y la modificación genética de las plantas”.
Un ejemplo doblemente válido, porque a los productores uruguayos se les estaría negando por un lado la posibilidad de regar y por otro usar las nuevas variedades genéticas que tienen mejor resistencia a la sequía. Y después cuando llegue una sequía se les dirá que se la pasan quejando o porque no hacen riego.
Pasada esta instancia llegará el momento de pensar cómo optimizar la herramienta del riego, cómo hacer una revolución de las lagunas, cómo unir lo que cierta academia no se preocupa por unir. No hay una lógica “productivista” enfrentada con otra “conservacionista”, hay la necesidad de producir más conservando mejor. Más arroz y más garzas, más pasturas y más ranas, en lugar de falsas oposiciones.
Harari nos advierte contra el pensamiento tribal que nos lleva a seguir causas irracionalmente. “La mayor parte de nuestras ideas están modeladas por el pensamiento grupal y no por la racionalidad individual y nos mantenemos firmes en nuestras ideas debido a la lealtad de grupo”.
Pasada esta instancia llegará el momento de pensar cómo optimizar la herramienta del riego, cómo hacer una revolución de las lagunas, cómo unir lo que cierta academia no se preocupa por unir. No hay una lógica “productivista” enfrentada con otra “conservacionista”, hay la necesidad de producir más conservando mejor. Más arroz y más garzas, más pasturas y más ranas, en lugar de falsas oposiciones.
Si esos militantes viajaran al basalto superficial de Salto o Artigas, si vieran cuánto le puede cambiar la vida a mucha gente trabajadora y sacrificada poder contar con agua almacenada para el verano, si pudiera ver cómo unas losas que apenas tienen suelo y albergan poca vida hoy pueden convertirse en un coro de aves al atardecer y un coro de ranas por la noche, repensarían tal vez su posición. Pero claro, pocas esperanzas podemos tener en ello, el pensamiento grupal, que cree que esto es una privatización en beneficio de los “terratenientes” tal vez pueda más.
Vienen tiempos de cambio climático, más ahora que los negadores de esta tendencia, como Trump y Bolsonaro, mandarán humo a la atmósfera y talarán la Amazonia. Negarnos a una ley que facilite la cooperación entre productores para regar habla de aspectos de nuestra sociedad que nos traban a nosotros mismos y del pensamiento grupal no racional que está instalado en nosotros más que del riego en sí mismo. Tal vez una revolución de las lagunas que no entorpezca una política de mejora de la calidad de aguas sea la respuesta que nos ayude a ser más racionales.



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