La huérfana del Mediterráneo

Sara Traoré llegó sola a Europa con dos años y medio. Fue rescatada del mar, pero su madre y su hermanito murieron ahogados. Casi 2400 personas han perdido la vida este año intentando cruzar el Mediterráneo, según el dramático testimonio internacional que nos interesa reproducir.

En el puerto siciliano de Catania hoy no se ven cruceros ni yates de lujo. Hay policías fumando, cooperantes charlando, funcionarios con mascarillas. De un barco atracado están bajando a tierra 494 personas que fueron rescatadas el 1 de agosto en el mar Mediterráneo. La primera, en brazos de una mujer, es una niña africana que tiene una quemadura en la cara y la mirada perdida. Se abren las puertas de una ambulancia y la Cruz Roja sube a la pequeña.

Así empieza la nueva vida de Sara Traoré, una niña de Costa de Marfil de dos años y cinco meses que estuvo a punto de morir en el mar. Tan solo tres días antes, Sara estaba saliendo de una playa libia en un bote inflable blanco con más de cien personas hacinadas, la mayoría africanas. Iba acompañada por su madre y su hermano de nueve años. Ambos perdieron la vida durante el viaje: su mamá murió aplastada, él se fue al fondo del mar. Sara fue rescatada y, a su llegada a Italia, fue atendida en el hospital y acogida de forma provisional por una familia en un pueblo siciliano.

Podría ser una guerra. El año pasado 3498 civiles perdieron la vida en el conflicto afgano, según la ONU. En el Mediterráneo, más de 5000. Hasta el 3 de agosto, este año han muerto ya 2397 en busca del sueño europeo, huyendo del hambre y la guerra, según datos de la Organización Internacional para las Migraciones.

Son las cifras oficiales: solo el fondo del mar sabe cuántos cadáveres esconde.

Llegaron con vida a Europa en el mismo periodo más de 114.000 migrantes y refugiados. Eso quiere decir que una de cada 47 personas que intentaron cruzar el Mediterráneo murió en el intento.

Tirarse al mar. Tirar los dados

La zona donde se concentran los rescates y los naufragios empieza doce millas náuticas al norte de la costa libia. Tras el acuerdo entre la Unión Europea y Turquía en 2016 (con 6000 millones de euros de por medio), que cerró de facto la ruta que pasaba por Grecia y los Balcanes para llegar al norte del continente, esta es la vía clandestina más concurrida para intentar alcanzar Europa. Y también la más peligrosa. La suspensión de la operación de salvamento Mare Nostrum en 2014 dejó desprotegidas a las barcazas que salían de Libia, y las oenegés —cada vez más— botaron barcos para evitar naufragios, rescatar a las pateras y llevar a sus ocupantes a Italia. El caos posgadafista ha impedido hasta ahora que la UE llegue a un acuerdo efectivo con Libia similar al de Turquía.

Un bote inflable con 129 migrantes a bordo navega al norte de Libia. Este año han muerto ya 2397 personas en el Mediterráneo en busca del sueño europeo, huyendo del hambre y la guerra, según datos de la Organización Internacional para las Migraciones a 3 de agosto.

El Mediterráneo, uno de los mares más turísticos del mundo, se ha convertido en un embrollo de geopolítica, naufragios, lucha ideológica, redes de traficantes y vigilancia de fronteras.

La opinión pública europea, según el país, bascula entre la indiferencia y la indignación en las redes sociales —y alguna vez en la calle—. También practica la xenofobia: la organización Defend Europe hizo una campaña para recaudar fondos y fletó un barco (C-star) para devolver a las pateras que encuentren a África, en lugar de llevar a sus ocupantes a Italia, como hacen las ONG. El C-star, que acusa a estas organizaciones de tráfico de personas, ya está frente a la costa libia.

Allí, entre Libia e Italia, en el umbral entre África y Europa, en la frontera imaginaria entre el Norte y el Sur, se entretejen las contradicciones de esta época: plataformas petrolíferas, fragatas militares, helicópteros de la Marina italiana, guardacostas libios con ametralladoras montadas en proa y pintorescos barcos de ONG —yates o buques de abastecimiento reconvertidos— que intentan llevar a cabo de forma desesperada la operación de rescate a la que la UE renunció.

No son solo los naufragios con centenares de muertos. Son también los muertos por asfixia, por quemaduras de gasolina, por disparos de bala. Los muertos cotidianos. Tres muertos un día. Ocho muertos. Trece. Quince. No tienen titulares.

¿Qué le pasó a la patera de Sara?

“Salimos hacia las tres de la madrugada”, recuerda ya a a salvo en un barco de rescate de la ONG española Proactiva Open Arms uno de los ocupantes de la barcaza, Sako Moussa, de Costa de Marfil. “A las siete de la mañana, el bote se pinchó por proa y todo el mundo se pasó a la popa. Entonces los bidones de gasolina que llevábamos a bordo se derramaron. La mayoría se levantó y otros se quedaron sentados. Hubo una estampida y los que se quedaron sentados murieron”.

A su lado, disfrutando de la brisa al atardecer, está otro de los supervivientes, Ibrahim Koné.

“Uno de nuestros acompañantes dijo que era mejor tirarse al mar que morir en el bote”, dice Ibrahim. “Rezó, se quitó la ropa y se tiró al agua”.

La barcaza fue rescatada por el buque mercante Santa Lucía. Cuando los supervivientes subieron las escaleras del barco, comprobaron que en la patera había ocho cadáveres anegados en una mezcla de agua marina, sangre y gasolina. Todos sufrían quemaduras. Dos hombres yacían bocabajo; el brazo de uno de ellos rodeaba la nuca del otro, como si se hubieran abrazado en el último momento. La cara de otro parecía la de un boxeador noqueado: los que estaban encima lo habían pateado.

Desde el Santa Lucía, los supervivientes fueron trasladados al golfo Azzurro, barco de Proactiva que salvó a otras tres embarcaciones sin incidentes mientras la de Sara se debatía entre la tragedia y la esperanza. En total, 494 personas subieron al buque de la ONG española, que puso rumbo a Italia.

La muerte en familia

“Cuando Sara llegó a bordo estaba muy asustada”, dice la enfermera Karmen García, de Proactiva. “Sufría quemaduras en la cara, en la parte superior del tórax, en una zona del cuello, en la parte superior de ambos brazos y en un trocito de pierna”.

El bote de Sara salió de una playa libia con más de cien personas, la mayoría africanas. Sara iba acompañada por su madre y su hermano de nueve años. Ambos perdieron la vida durante el viaje. En los dos días que permaneció a bordo del barco de Proactiva, nadie logró arrancarle una sonrisa. Ni siquiera el alocado voluntario canario que montó una fiesta improvisada con los nigerianos en proa al ritmo de la canción “Redemption Song” de Bob Marley. Las niñas alrededor de Sara jugaban con guantes de látex azules convertidos en globos y pintaban caras con rotuladores, pero ella apenas sostenía uno en sus manos con indiferencia. Se recurrió incluso a un móvil con conexión wifi para que jugara con él. Ahora sí mostró interés y empezó a manosear la pantalla táctil, pero el entretenimiento le duró poco.

“Mamá, mamá”, gritaba por las noches.

“Como era pequeña y no decía nada, podías pensar que no se enteraba de nada”, dice García, la enfermera. “Pero era consciente de lo que había pasado”.

Sara tuvo fiebre todo el viaje. Solo se acurrucaba en el regazo de una mujer que decía ser su tía lejana, Fatou Koné.

Sentada en una camilla de la clínica del barco con la niña en brazos, Fatou decía que el padre de la pequeña estaba en Francia, que tenía su número de teléfono, que lo llamaría en cuanto llegara para contarle lo que había pasado, que tenía miedo de lo que pasaría una vez en Italia.

Mientras Fatou conversaba, Sara, con un apósito sobre el ojo derecho y una prenda vaporosa cubriéndole el torso, mantenía su mirada triste, su mirada adulta. No había nada infantil en ella: solo su cuerpito menudo y frágil, que contrastaba con el vigor e incluso la euforia de las otras niñas de su edad a bordo.

La mañana del 3 de agosto el barco de Proactiva atracó en el puerto siciliano de Catania. Fatou se tuvo que quedar allí. La ambulancia se llevó a Sara, que recibió tratamiento médico durante una hora y luego se fue a la casa de su nueva familia provisional en Sicilia.

“Primero se le asignará un tutor”, explica la abogada Rosa Emanuela Lo Faro, que siguió el caso a pie de puerto. “Si hay contacto con la familia, en este caso con el padre, se le tendrá que hacer una prueba de ADN. Le pueden servir también documentos, por ejemplo, fotos de él con la niña. Este proceso puede demorarse un tiempo”.

Fue el fin del día en que los europeos hablaron sobre Sara, la Cruz Roja habló sobre Sara, Proactiva habló sobre Sara, la abogada habló sobre Sara, Save the Children habló sobre Sara, el Ministerio de Sanidad habló sobre Sara, los agentes de inmigración hablaron sobre Sara.

Esa niña con una gasa tapándole un ojo, esa niña cuyo padre dicen que está en Francia pero que ha sido acogida, de momento, por una pareja italiana, esa niña con la mirada cansada de la que solo se empezó a hablar cuando cruzó la línea imaginaria entre el Norte y el Sur, cuando la vida empieza a importar un poco más.



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