La devaluación de las palabras y de los conceptos

La devaluación no es sólo de la moneda. También las palabras pierden valor a través del pensamiento mágico que caracteriza a países como Argentina. El periodista Pablo Sirvén retrató una situación que sirve también para nuestro país: la palabra que no se respalda en los hechos es puro chamuyo.

El pensamiento mágico, uno de los problemas más profundos y persistentes de la Argentina, devuelve al país cíclicamente a sus peores pesadillas. Son simplificaciones o aseveraciones sin asidero que potencian como talismanes personajes notables como Cristina Kirchner ("no fue magia") o Mauricio Macri ("lo peor ya pasó"). Terminan, por lo general, siendo diagnósticos fallidos. Demasiado fallidos.

El pensamiento mágico no es, como podría deducirse, patrimonio exclusivo del populismo. Así como este cifra su fortuna encomendándose a sus máximos santones vivos y muertos, repitiendo ad infinitum sus eslóganes demagógicos, potenciados en la constante agitación propagandística para maximizar sus éxitos y ocultar sus fracasos, su contracara se envanece en declamar un austero republicanismo y en creer que despojarse de aquellos estridentes estandartes es suficiente para alcanzar una economía ordenada y previsible que facilite la vida de los habitantes del país y atraiga inversiones genuinas de todo el mundo.

Cantidad de factores terminan por asemejar a populistas y no populistas, más allá de sus evidentes contrastes estéticos. A la hora indefectible en que las papas empiezan a quemar esas semejanzas se acentúan.

La idea voluntarista de que todo o gran parte de los graves problemas que nos aquejan se solucionan con meros enunciados declamatorios es un recurso frecuentado por políticos de distintas tendencias a lo largo del tiempo a pesar de sus pobres resultados. Raúl Alfonsín se aferraba -y todos nosotros con él- a recitar el preámbulo de la Constitución Nacional, como si fuera el gran hechizo que nos iba a proteger de todos los infortunios. Lamentablemente no fue así. Carlos Menem alimentaba la falsa ilusión de que pertenecíamos al Primer Mundo. Y le creímos (a propósito: "creer" debería ser un verbo estrictamente reservado al plano íntimo y religioso ya que su ampliación al plano humano de la política suele ser nefasta).

La sola exhibición de trayectorias y conductas más republicanas de su staff tampoco salvó a la Alianza de la hecatombe de 2001. El sueño de una Argentina creciendo "a tasas chinas", pero que tras doce años y medio del "modelo" dejó un 30% de pobres, un Estado fundido por la irresponsable multiplicación exponencial de sus empleados y subsidios; y un sistema energético al borde del colapso fue el legado kirchnerista. "No fue magia", no obstante, repetía Cristina Kirchner. Tenía razón: vimos los hilos precarios de cada uno de esos trucos de morondanga.

Desde fines de 2015 se nos ofrecieron otras estampitas porque el catecismo oficial se renovó: "Tenemos el mejor equipo de los últimos cincuenta años", "pobreza cero", "el mundo está ávido de invertir en la Argentina" y así varias más.

"Lo peor ya pasó", se nos repitió. Y dormimos confiados en esos laureles, postergando lo esencial. El nuevo relato se construyó con timbrazos, retiros espirituales con los equipos para revisar la gestión, giras internacionales en las que los grandes estadistas del mundo nos abrieron las puertas, visitas instagrameables a ciudadanos de a pie y con funcionarios más cordiales y menos vociferantes que atienden a la prensa. En paralelo se mantuvo latente el recuerdo áspero del pasado reciente ligado a las muchas irregularidades del gobierno anterior.

¿Pero era suficiente ese combo para recuperar la ansiada normalidad? En la semana que pasó, todo ese grato oropel pareció diluirse como en el cuento "El rey desnudo".

Es que el despertar a la realidad de los argentinos siempre es muy cruel: en el siglo pasado, el zamarreo venía del lado de los golpes de Estado; en este, los que algunos dieron en llamar golpes de mercado. La confabulación de enemigos inasibles es uno de nuestros atajos predilectos para explicar cómo quedamos periódicamente en medio de un desastre. Nos cuesta descubrir cuánto colaboramos con nuestras propias inconsistencias para hacerlo posible.

Exponente máxima, en estos días, de creer que la palabra por sí sola tiene capacidad sanadora, fue Elisa Carrió al sorprender con su visita a la Casa de Gobierno el jueves, el peor día de la corrida bancaria. "Es un día con gestos y ese gesto -explicó la diputada y cofundadora de Cambiemos- es que estoy en la Casa Rosada". Y agregó dos frases que subrayaron su carácter involuntariamente mesiánico: "Quiero llevar tranquilidad a toda la Argentina" y "está todo bien". Y, por supuesto, no se privó de agitar un poco más el "cuco" K. El dólar no se detuvo por eso.

Insistir con actitudes voluntaristas, en vez de con planes concretos para solucionar de verdad los problemas generan, a esta altura, un efecto contraproducente en el inconsciente argentino, muy ducho por malas experiencias en decodificar esos buenos deseos de manera contraria a su sentido, al menos desde el tristemente recordado "el que apuesta al dólar, pierde", de Lorenzo Sigaut, en 1981.

Habla mucho este gobierno de batallas culturales que debe librar. La principal que valdría la pena que se proponga esta administración (y sus socios) es reconocer que así como el dinero sin respaldo es solo papel pintado, la palabra que no expresa una acción concreta y eficiente es puro chamuyo.



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