La caída moral del Frente Amplio

El oficialismo ha ingresado en una espiral que reabaja la condición ética del país.

Es realmente insólita la situación que vive el Frente Amplio. A las contradicciones sobre el caso Sendic se suma la discusión sobre Venezuela, habiéndose llegado al extremo impensable —e insólito— de que los diputados oficialistas se negaron a votar una declaración de apoyo a la posición que tuvo el gobierno en el seno del Mercosur.

El país está estancado y es necesario que el gobierno atienda y resuelva los problemas que acucian a la gente, pero sin embargo el Frente Amplio se dedica a discutir consigo mismo, demostrando la incoherencia ideológica que predomina en la coalición gobernante.

Los dos temas que paralizan hoy la actividad gubernamental son, además, imposibles de ocultar.

En torno a la situación del Vicepresidente, es realmente lamentable que el Frente Amplio no logre una posición unánime. No hay duda alguna de que cometió una falta ética (por lo menos, mientras la Justicia investiga las acusaciones sobre eventuales delitos) que merece algún tipo de sanción moral, política o funcional. Pero en vez de orientarse a ello, el Frente Amplio ha ingresado en un indigno debate en el que los sectores ponen en juego sus parcelas de poder y amenazan con romper la disciplina partidaria, Sendic en pie de guerra —con extorsiones totalmente ajenas al fondo del asunto. Los autoproclamados campeones de la moral, que llegaron al gobierno bajo el eslogan ficticio de que se le cortaría la mano a los funcionarios corruptos, se encuentran así en un atolladero del que no se animan a salir, dando una pésima señal ética, institucional y política.

Similar incoherencia se registra en torno a las posiciones de sectores antidemocráticos que apoyan al gobierno dictatorial de Venezuela. Los atropellos a los derechos humanos han sido evidentes. Según el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, hay miles de presos sometidos a las peores condiciones. Las fuerzas de seguridad “han infligido tratos crueles, inhumanos o degradantes a los detenidos y en algunas ocasiones han recurrido a la tortura” a través de “choques eléctricos, prácticas de colgar a los reos de las muñecas durante períodos prolongados, asfixiarlos con gases y amenazarlos con la muerte —y en algunos casos con la violencia sexual— a ellos y a sus familiares”. Pese a ello, varios sectores frenteamplistas han resuelto mirar para otro lado, abdicando absolutamente de su supuesta condición de defensores de los derechos humanos y mostrando definitivamente su condición ideológica golpista y totalitaria.

Nuestro país merece más que estas señales de complicidad y flaqueza. Merece gobernantes dignos, cuya gestión sea transparente y ejemplar. Y merece una política exterior asentada en sus mejores tradiciones, vinculada a la defensa de la democracia y de los derechos humanos. Con sus contradicciones y ocultamientos, el Frente Amplio embarra los valores cívicos y la moral de la República.



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