Por Mijail Stankevicius Terrile
Estimados lectores, hoy les propongo reflexionar sobre una cuestión que atañe a una noción existencial y afectiva que, no obstante, influye en la vida colectiva y sus decisiones políticas.
Es interesante puntualizar como la angustia desde su vertiente psicológica propia de la subjetividad, conjuga un complejo que opera en las maneras que tiene un país al objetivar su realidad.
La angustia es inherente tanto al malestar de una sociedad y al límite que nos confronta a la falta. Somos sujetos deseantes, se desea lo que no hay y desde nuestro nacimiento la carencia se escenifica en nuestra relación diádica madre - bebé cuya indefensión impulsa toda una serie de procesos madurativos constituyentes del psiquismo.
Esta característica deseante de nuestra subjetividad nos convoca al inter juego entre realidad acontecial y la libertad entendida como acto en potencia del despliegue de posibilidades.
La angustia en tanto falta deviene suelo fundante de la libertad.
Por eso es preocupante ver colectivos abatidos por la apatía que muchas veces se muestran investidos por un interés social que no es otra cosa que el intento de obturar el afecto penoso propio del rasgo vivencial de lo humano.
Camuflar esto inhabilita el despliegue de prácticas éticas que nos interpelen frente a la desnudez del vacío. Es muy importante sostenerlo y no rellenarlo de revanchismo y resentimiento propio de una política de la completud, muy mentirosa, por cierto.
Actitudes prometedoras de una alegría y hedonismo irrestricto de una sociedad justa no han sido más que la denegación de las vapuleadas estructuras económicas de nuestro país.
No es posible considerar la noción de la libertad sin ser desde un atravesamiento sintomático, porque no es posible tramitar deseos contrapuestos si no hay una solución intermedia.
Por lo tanto, esta tendencia anímica emancipadora solo es pensable desde el reconocimiento de otro, alteridad únicamente alcanzable por la inclusión de la terceridad que perfore la membrana narcísica de un monismo o dualismo ético, político con sus consecuencias en lo colectivo y singular.
Esto último ha llevado a propuestas delirantes por parte de sectores políticos materializadas en un Mides, un Fonasa, leyes sobre consumo responsable, y un largo etcétera.