La Amazonia en disputa

Bolsonaro desmiente cifras de las propias oficinas estatales y asegura que no creció la deforestación, pero The New York Times obtuvo datos que ratifican que ha crecido la depredación.
 
La parte brasileña de la Amazonia ha perdido más de 3445 kilómetros cuadrados de bosque desde que el presidente Jair Bolsonaro asumió el cargo en enero, un incremento del 39 por ciento respecto al mismo período del año pasado, según la agencia del gobierno que monitorea la deforestación.

Bolsonaro ha desestimado los datos sobre la deforestación, llamando “mentiras” a las cifras de su propio gobierno.

Un análisis hecho por The New York Times de registros públicos encontró que las acciones de imposición por parte de la principal agencia medioambiental brasileña —como multas, advertencias y el decomiso o destrucción de equipo ilegal en áreas protegidas— cayeron 20 por ciento durante el primer semestre de este año en comparación con el mismo período en 2018.

La caída significa que amplios sectores de la selva pueden talarse con menos resistencia de las autoridades.

La postura del gobierno de Bolsonaro ha desatado fuertes críticas de los líderes de Europa, inyectando irritación a un acuerdo comercial pactado entre la Unión Europea y un bloque de cuatro países, incluyendo a Brasil.

Durante una visita reciente, Gerd Müller, el ministro de Cooperación y Desarrollo Económico alemán, dijo que proteger la Amazonia es un imperativo global, particularmente debido a que tiene un papel vital en la absorción y almacenamiento de dióxido de carbono, esencial en el esfuerzo para frenar el calentamiento global.

Cuando hay tala, quema o se derriban árboles, el dióxido de carbono es liberado de nuevo a la atmósfera.

Alemania y Noruega también ayudan a financiar un fondo de conservación amazónico de 1300 millones de dólares, pero el gobierno de Bolsonaro ha cuestionado su efectividad.

“Sin las selvas tropicales no hay cómo resolver el tema climático”, dijo Müller.

Bolsonaro ha minimizado las críticas internacionales, argumentando que los llamados para preservar grandes porciones de Brasil son parte de un complot global para obstaculizar el desarrollo de su país. En julio acusó a los líderes europeos de buscar la conservación de la Amazonia porque son ellos quienes quieren desarrollarla en el futuro.

“Brasil es como una virgen que todos los pervertidos extranjeros desean”, afirmó Bolsonaro. “La Amazonia es nuestra, no suya”.

En el pasado, Brasil había intentado retratarse como un líder en la protección de la Amazonia y en el combate al calentamiento global. Entre 2004 y 2012, el país creó nuevas áreas de conservación, incrementó el monitoreo y retiró créditos públicos a productores rurales que fueran capturados intentando desmontar áreas protegidas. La deforestación alcanzó su nivel más bajo desde que hay registros.

Sin embargo, cuando la economía brasileña cayó en recesión en 2014, el país se volvió más dependiente de sus productos agrícolas para la exportación —como la soja y la carne, cuya producción impulsa la deforestación— y del poderoso lobby agrícola.

La tala empezó a aumentar nuevamente.

Bolsonaro ha prometido eliminar el resto de las barreras al desarrollo de tierras protegidas. También ha hablado con desprecio del trabajo de la agencia medioambiental, cuyos efectos ha sentido de primera mano.

El 25 de enero de 2012, agentes medioambientales interceptaron un pequeño barco pesquero en una reserva ecológica; Bolsonaro, entonces diputado federal, estaba a bordo. José Augusto Morelli, el agente a cargo, dijo que Bolsonaro rehusó irse y se le impuso una multa.

Bolsonaro nunca pagó la multa, que le fue revocada poco tiempo después de que asumiera la presidencia. A finales de marzo, a Morelli lo bajaron de puesto, decisión que él ve como represalia por la multa.

Ricardo Salles, el ministro de Medioambiente de Bolsonaro, ahora quiere crear un mecanismo que permitiría que un panel gubernamental tenga la discreción de reducir o suspender penas medioambientales; exfuncionarios temen que un mecanismo así debilitará aún más la aplicación de las medidas.

Onyx Lorenzoni, jefe de gabinete de Bolsonaro, criticó lo que dijo son esfuerzos desde el extranjero para formular la política medioambiental de Brasil.

“No somos ingenuos”, dijo Lorenzoni. “Hay una perspectiva en partes del mundo, patrocinado por ONGs, que relativiza la soberanía brasileña sobre la Amazonia”.

Pero, advirtió en una reunión reciente con reporteros: “Ahí les mando un mensajito: No se metan con nosotros”.



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