Juan Idiarte Borda: un hombre y dos caras

Por Agustín Manta

Personaje controversial, Idiarte Borda fue el único Presidente asesinado en la historia del país.

El día de ayer se cumple un nuevo aniversario del nacimiento de Juan Bautista Idiarte Borda y Soumastre. Es una buena ocasión para recordar —y más en estos tiempos turbulentos que corren— a un hombre que desempeñó la presidencia de la Republica hasta su asesinato, transformándose en la única víctima de magnicidio de nuestra historia.

Juan Iriarte Borda nació el 20 de abril de 1844 en la ciudad de Mercedes, donde se crió y vivió allí su infancia, durante la cual exhibió un notable interés por la música, además de disfrutar de los juegos de pelota vasca, quizá porque su familia era de origen vasco, mas esto no fue la única característica que heredó, sino también un notable carácter —tozudo y perseverante— determinante en su posterior actividad política.

El fallecimiento de su padre a temprana edad lo puso al frente de los negocios familiares, que constaba de varios emprendimientos ganaderos y saladeros. Desde ese momento comenzó, paulatinamente, a incorporarse a la vida política del país desde filas coloradas.

Su primera participación en política se dio junto a su hermano de manera bélica. Fue en vísperas de la llamada “cruzada libertadora” impulsada por Venancio Flores. Posteriormente, ya en 1872, en el mes de agosto, contrajo nupcias con Matilde Baños, y en ese mismo año comienza activamente su actuación política en su ciudad natal de Mercedes, contribuyendo para que se lograran importantes avances edilicios y de infraestructura en la villa.

Continuó su quehacer en política siendo electo varias veces diputado por Soriano. Posteriormente, se trasladó a Montevideo la que desde ese entonces fue su residencia más habitual. Apoyó efusivamente la reforma vareliana y tuvo varios desencuentros con los gobiernos del período militarista, tanto en la administración del coronel Lorenzo Latorre como en la de Máximo Santos. Accedió al senado finalmente en 1890.

El período posterior a su acceso al Senado, bajo la presidencia de Julio Herrera y Obes, fue de gran turbulencia. En dicho período el país tuvo que soportar una aguda crisis financiera, en la que confluyeron tanto elementos internos como externos, a los que se sumaron importantes problemas agrícolas debido a sequías y plagas. Esta situación no afectó a Idiarte Borda, quien siguió perfilando su figura política e incrementando su fortuna. Acercándose la finalización del período de Julio Herrera y Obes, contó con el apoyo expreso de éste para que fuera designado como su sucesor, en una nueva expresión de la llamada “influencia directriz”.

Dicha situación no facilitó absolutamente el acceso a la presidencia, ya que la deliberaciones tardaron casi un mes, provocando que incluso asumiera de manera interina Duncan Stewart, quien era presidente del Senado. Finalmente, el 21 de marzo la Asamblea General le elige e inviste presidente. En su discurso de asunción, en un pasaje señaló: “(…) será mi norte y no me guiará otra aspiración que el bien de la Patria, el respeto más sincero por las prescripciones de nuestro Código político que acabo de jurar y el fiel y exacto cumplimiento de las leyes…”. Ese propósito, pronto quedó desvirtuado por los acontecimientos en que él y su gobierno se vieron envueltos.

Ya como flamante Presidente de la República, me atrevo a decir que nos encontramos aquí con una doble cara de Idiarte Borda: una, la del hombre de gestión, buen administrar e impulsor de proyectos; otra, la del vasco tozudo y persistente, la del hombre difícil a la hora de llegar acuerdos, intransigente, sumando a ello las dudas de corrupción que sobrevolaban su figura.

La primera de estas caras, fue sin duda la que más contribuyó al país. Dentro de su gestión se encuentra —por ejemplo— el inicio de la construcción del nuevo puerto de Montevideo, que se inauguraría recién en 1909. También impulsó y fundó el Banco de la República Oriental del Uruguay, que el tiempo lo transforma en la principal entidad bancaria del país. También crea la “Línea de Ferrocarril del Oeste” que aumentó significativamente el sistema ferroviario y vial en todo el territorio patrio. A su vez, logró llevar adelante una política de electrificación luego de municipalizar la inglesa Compañía Eléctrica de Montevideo (a la que se redenominó Usina Eléctrica de Montevideo, precursora de la actual UTE), y por esta misma línea siguió un ambicioso proyecto de obras públicas.

Las personas no son dechados de virtudes, la sombras son parte del perfil de todos los grandes hombres o de aquellos a los que les toca ostentar posiciones de poder e Idiarte Borda no fue la excepción. Además de que su gobierno inicia bajo dudas del fraude institucionalizado de la “influencia directriz”, se le agregó el mal carácter del presidente y su escaso tacto para los acuerdos políticos. Era un hombre que si creía que la razón le asistía, no se encontraba dispuesto a ceder bajo ninguna forma. Estas características personales se sumaron a los crecientes rumores de corrupción que circularon durante su gobierno y que desembocaron en un descontento nacional importante que termina siendo utilizado de excusa por Aparicio Saravia para llevar adelante el levantamiento conocido como la revolución de 1897, en la cual ni el presidente ni Saravia eran proclives a logar un acuerdo. A ello debe sumarse a la crisis económica vivida ese mismo año —año bisagra de ese gobierno. La impopularidad del gobierno había llegado a extremos peligrosos, incluso dentro de las propias filas coloradas, dentro de las cuales Batlle encabezaba una furibunda prédica opositora desde “El Día”.

Comenzaron así a circular rumores sobre un posible intento de asesinato del presidente, el cual —confiado de sí mismo— desoye reiteradamente, incluso luego de una tentativa frustrada. El vaticinio finalmente se cumplió el día 25 de agosto de ese mismo 1897, a la salida del Te Deum celebrado en la Catedral. Idiarte Borda, pese a las advertencias, se había negado a llevar una guardia montada escoltándole. Cuando se dirigía a la casa de gobierno por la calle Sarandí, un hombre llamado Avelino Arredondo dispara contra él, dando la bala en el corazón y causando la muerte casi inmediata del presidente, el cual no alcanzo a pronunciar más que la siguiente frase: “Estoy muerto”, mientras se desplomaba en el piso ante el estupor de las multitudes y el sombro incrédulo de la comitiva. Esa tarde el país entro de duelo luego del único magnicidio que tiñe de rojo nuestra historia.

Con aciertos o errores, a priori hemos de reconocer que ningún gobierno es infalible, y que atrás de ellos hay hombres de carne y hueso, nadie podrá negar la influencia que tuvo Iriarte Borda con su particular personalidad que fue una línea de conducta propia de su gobierno, y que pese a todas las contrariedades, él continuó el esfuerzo modernizador del país, creando no solo instituciones importantes sino llevando adelante un gran plan de obras públicas.



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