Iglesia y feminismo

Solo falta que el Papa, buen hombre visiblemente corto a la hora de ajustar teología y modernidad, resucite la figura del demonio, sostiene el profesor y escritor Antonio Elorza en una versión crítica de una Iglesia que “dilapida el legado del Evangelio”.

A fines del siglo XIX Oskar Panizza escribió El concilio del amor, pieza satírica donde los principales actores de la vida celestial vivían en un ambiente comparable a la corte de los Borgia. El más activo era María, quien desde su virginidad no soportaba la generalización del placer imperante sobre la tierra. Así que toma al Diablo como aliado para que encuentre un medio que ponga fin a los felices excesos de los humanos. Su recurso será la sífilis, que durante siglos castigó en este mundo el ejercicio libre de la sexualidad.

La metáfora blasfema de Panizza responde a un hecho real: la desconfianza secular de la Iglesia ante toda actividad sexual ajena al fin de la procreación, y la condena rotunda de la misma fuera del matrimonio. El polo positivo de esta argumentación maniquea residiría en el protagonismo de la familia, pero siempre dentro de una distribución de roles que sitúa a la mujer en un plano inferior, incluso en el sexo matrimonial, y además como causa inmediata, provocadora del pecado.

En los años 60, con el Concilio de un lado y la invención de la píldora por otro, surgió la oportunidad de un cambio que no tuvo lugar. La prohibición por Pablo VI de la píldora anticonceptiva fue acompañada por el refrendo a una posición tradicional, edulcorada eso sí con menciones más positivas al papel de la mujer. Pero la Iglesia no tragaba ni traga con el feminismo, y menos aun cuando este potencia formas de acción sexual autónomas.

Solo faltaba que el Papa Francisco, buen hombre visiblemente corto a la hora de ajustar teología y modernidad, resucitase la figura del demonio. Los diablillos salpicaban la escritura antirracionalista de Ratzinger, pero en Francisco es el demonio, la fuente del mal, quien anda por ahí infiltrándose en la vida cotidiana de los hombres, llevándoles a la mundanalidad. El diablo está entre nosotros, vista de Prada o de Adolfo Domínguez. (Más bien habría que lamentar el distanciamiento de Francisco del mundo real, observable en su insensibilidad ante la falta de democracia en países latinoamericanos o problemas internos a la Iglesia como la pederastia).

Pero la cizaña está sembrada, como aliciente para la afirmación de un tradicionalismo agresivo, al abordar temas sexuales y, específicamente, el de la mujer. Escuchemos al obispo Munilla, hablando del aborto como un “genocidio femenino” y de que, al asumir una ideología de género, la mujer permite que el diablo meta un gol desde el feminismo. Metáfora burda, signo de la agonía intelectual de una institución que dilapida el legado del Evangelio.



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