Faltan conducción y claridad...

La cadena de desprolijidades en la cuestión militar arranca con un evidente intento de ocultamiento, que hubiera resultado exitoso de no haber sido por el trabajo de un periodista, y termina —esperemos que realmente haya terminado esta penosa novela— con el desafortunado traspié del nuevo Comandante en Jefe del Ejército. Por la salud institucional de la república, deseamos que la nueva conducción en el Ministerio de Defensa Nacional reencauce la situación.

El episodio Gavazzo ha ido decantando, la información lentamente ha ido apareciendo y si bien aún no es completa y fehaciente, todo indica que el gobierno procuraba silenciar el tema de los Tribunales de Honor y seguir tan campante, pese a la confesión del crimen. Con toda claridad lo dijo el ex Comandante Manini Ríos (“si el periodista no hubiera escrito eso, hoy estábamos lo más bien y podríamos haber seguido 10 años más lo más bien y no pasaba absolutamente nada”) y eso explica la omisión y silencio de la Presidencia.

Que el Frente Amplio, entonces, no hable más de ocultamientos ni le endilgue a los gobiernos de los partidos tradicionales responsabilidades que no tuvieron. El episodio ha dejado una vez más en evidencia su constante doble discurso.

Dicho esto, lo que aparecía a primera vista como un ejercicio razonable de la autoridad, ha sido lo opuesto. El cese del Ministro parecía ser la obvia responsabilidad política del jerarca. Pero ahora resulta que él —cumpliendo con su deber— había advertido a la Presidencia de la situación y que si no se hizo la denuncia judicial de la confesión, no fue por su responsabilidad. El ex Comandante Manini Ríos utilizó una expresión muy dura para calificar ese relevo ministerial, pero aun sin afiliarse a ella parece claro que la Presidencia no actuó con la claridad y responsabilidad obligada. Dicho de otro modo: jugó para la platea a fin de oscurecer su omisión anterior.

En cuanto a los relevos de los generales integrantes de los tribunales de honor, es evidente que no entendieron su rol. Los “tribunales” tienen su sentido porque juzgan de un modo más estricto aún que la ley. Dicho de otro modo: toda violación a la ley mancha de algún modo el honor, pero hay otras situaciones, más allá de ella, que también pueden merecer condenaciones. Encerrarse solamente en el análisis de la situación referida al ocultamiento de Gavazzo de su responsabilidad en el crimen de Gomensoro, cuando tenía a la vista que otro oficial, el coronel Juan Carlos Gómez, estaba pagando por ello siendo inocente, reveló una interpretación muy estrecha de su rol. Dejaron instalada la idea de que la confesión de Gavazzo no afectaba el honor militar, asunto bastante tanto o más grave que el otro, y ello resultó impresentable. De ahí la resolución gubernamental de pedir el retiro obligatorio de esos generales.

Tendrá ahora el Senado que decidir si acepta ese retiro, para lo cual, con lógica, está pidiendo el envío de todos los antecedentes. No se le puede pedir a un cuerpo parlamentario que resuelva sin saber cabalmente la responsabilidad de esos generales.

Luego de ese proceso drástico e inédito, asume un nuevo Comandante en Jefe y formula unas declaraciones que llevaban a negar la existencia de desaparecidos. Luego aclaró que no había querido decir lo que había dicho y zanjó la cuestión, pero no sin un innecesario machucón. Como comienzo, nada auspicioso...

Todos estos episodios, desde el primero al último, revelan la carencia de conducción de un tema particularmente delicado como es el militar. Las Fuerzas Armadas son constitutivas a la vida de cualquier Estado y representan, en nuestro caso, una pieza clave en un proceso, aún no terminado, de los enfrentamientos del pasado. A 56 años del inicio de la acción tupamara, a 46 años del golpe de Estado y a 34 de la restauración democrática, todavía adolecemos de heridas abiertas, pasiones encendidas y dolores no mitigados. Por supuesto, quienes hoy revistan en las fuerzas no han tenido responsabilidad en las acciones de aquellos años violentos, pero los debates y las instancias judiciales les hacen sentir un acoso que estiman injusto. Mientras, del otro lado, los familiares de las personas desaparecidas, con todo derecho, reclaman respuestas para encontrar los restos y conocer la verdad, con apoyo de la generalidad.

Más allá de esa situación, hay una vida normal de las instituciones. De las civiles y las militares. No deberían ellas estar constantemente alteradas por estos episodios que, conducidos con solvencia y razonabilidad, con real sentido de la responsabilidad, no producirían situaciones traumáticas como las sufridas en estos días.

Se ha designado un nuevo Ministerio. Esperemos que pueda administrar sus responsabilidades de un modo más coordinado con su mando superior y sus estructuras subordinadas. Todos hoy están de algún modo afectados y por algún tiempo perdurarán sus consecuencias. Confiemos, por la salud del país, que las cosas vuelvan a su cauce. Especialmente porque estos tiempos de campaña política no son los mejores para evitar la politización de asuntos que requieren serenidad de espíritu.



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