Europa y el espíritu de los tiempos

Los problemas europeos siguen vigentes, pero hay posibilidades de que el viejo continente empiece a sacudirse el fanatismo, según la nota del historiador y ensayista Loris Zanatta que publicó La Nación y que acá reproducimos.

El espíritu de los tiempos no se ve, tal vez ni siquiera existe: depende de quien lo nombra, de dónde vive, de qué piensa. Sin embargo, hay eventos que lo evocan y que hoy en día sugieren que Europa entró en una fase de cambios. Al ser un espíritu no se puede medir: se siente, se percibe. Ahora bien, las elecciones francesas, la victoria de Emmanuel Macron, aún más la derrota de Marine Le Pen -por otra parte previsible- son de esos acontecimientos que transmiten esta sensación: que el espíritu de los tiempos está cambiando, que la borrachera populista deja lugar a la resaca reformista.

Es fácil pasar por trivial, incluso por tonto, al escribir cosas similares; y es obvio que todavía habrá acontecimientos que harán pensar lo contrario. Mejor aclarar el concepto, entonces. Joseph Stiglitz tiene razón; y con él los escépticos, o realistas: los problemas que plagaron Europa ayer, siguen atormentándola hoy y continuarán haciéndolo mañana. No es fácil dar respuestas eficaces a la migración, al desempleo juvenil, a la desigualdad creciente, a la reforma del estado de bienestar, a la crisis de la representación política y otras cosas más. Y se engañan a sí mismos los liberales “ridens” que se apuran demasiado a celebrar la derrota del populismo y el retorno triunfal de la antigua civilización europea: la de la libertad, la solidaridad, el pluralismo. Nada, todavía, prohíbe a nadie dejarse engañar por sus propios deseos.

Sin embargo, algo en el aire comienza a cambiar: será que las elecciones francesas confirman la tendencia ya observada en Austria y los Países Bajos; y que lo mismo se observa en las elecciones de los länder alemanes; será que el viejo continente está saliendo de una vez del túnel de la crisis económica y tendrá más recursos para dedicar a las reformas. Pero hay más: los ataques terroristas han causado pánico, pero también han generado una reacción de orgullo, de defensa de los valores de las sociedades abiertas; y el espectáculo brindado por los populismos, cómico en los Estados Unidos y trágico en Venezuela, no lleva agua a su molino. Las Cassandras, por lo tanto, los apocalípticos, los hinchas del cuanto peor, mejor, no tienen mucho que celebrar: si el mundo no se acaba, si el juicio final no es mañana, no urgen redentores para salvarnos.

Esto es precisamente lo que más revela el nuevo espíritu de los tiempos que se cierne sobre Europa: hay un olor nuevo a pragmatismo, y un poco menos de tufo a fanatismo. La rabia queda, y tiene sus propias razones. Pero el debate público parece ahora estar en condiciones de pasar del choque maniqueo y estéril a la discusión plural, del aut aut a la racionalidad, de las guerras simuladas - Europa sí Europa no, Euro sí Euro no, migrantes sí migrantes no - al razonamiento: ¿Qué Europa queremos, qué euro, qué políticas públicas, qué hacer con los migrantes? Y si el mesianismo retrocede un poco, capaz que regresa el sentido común, el espíritu de compromiso sobre el que siempre descansa la buena política, el humus de donde surgen instituciones estables y eficaces. No sé si la nueva clase política europea está preparada para el desafío. Pero el retorno de la política en el lugar que le pertenece es la premisa necesaria para una nueva temporada del reformismo europeo, para combinar prosperidad y derechos de ciudadanía, libertad e inclusión social.

Estas reflexiones me hicieron recordar una extraña reunión pública en Buenos Aires, hace pocos años. Se hablaba de Europa, de migrantes, libertades, democracia, derechos. "Son cosas viejas, ideas decimonónicas", me espetó un joven académico argentino. "Hace décadas, agregó perentorio, que de Europa no llega nada nuevo". Luego me explicó que en su universidad se había formado un grupo de estudio sobre el confucianismo: caramba, pensé, eso sí que es una gran novedad. Un poco me ofendí, pero no debería haberlo hecho: era para sonreír. ¡Cuánta arrogancia en esa pretensión de ningunear la cultura de todo un continente! Y qué provincianismo. Pero, sobre todo, qué odio irracional. Un poco más de humildad, se me ocurre pensar hoy que tanto Europa como América Latina están tratando de sacudirse el demonio del fanatismo: siempre hay algo que aprender; no sólo de Confucio, sino incluso de Europa.



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