El retroceso cultural

La brecha social y cultural anida en la imaginación y en la lengua de muchos argentinos, según el análisis del historiador y sociólogo Jorge Ossona, publicado por La Nación y que acá reproducimos por considerar que hay puntos de coincidencia con lo que ocurre en nuestro país.
 
La denominada “grieta” es una lacra que lacera a la sociedad argentina. En su variante político-ideológica, sus contrincantes son los denominados bloques “nacional y popular”, que sus antagonistas denominan genéricamente “populista”, y “liberal-republicano”, calificado por los anteriores, sin demasiados matices, como “neoliberal”. Sus vertientes extremas operan a través de sobreentendidos discursivos en esencia falsos; pero con ciertas verosimilitudes que los tornan atractivos para las mentes sencillas. Sobrevolémoslos brevemente.

El “nacional popular” identifica a la administración del presidente Macri como “el gobierno de los ricos”. Este supuesto pobrista, de larga y variada prosapia ideológica, fue sacado del arcón del imaginario colectivo en diciembre de 2015 por algunos pseudointelectuales. Se propagó como un reguero de pólvora en los sectores populares por intermediarios oficiosos no siempre “pobres”: desde funcionarios municipales y provinciales hasta punteros y docentes.

Macri sería algo peor que un oligarca “viejo”, sino el producto de los “grupos económicos concentrados” de la “patria contratista”. Un término que configura uno de los pocos aportes intelectuales del nacional populismo durante los 80. Fue un hallazgo útil e indispensable para el análisis del nuevo país reestructurado; pero que la política facciosa esterilizó reduciéndolo a un estereotipo vacío.

El gobierno de Cambiemos es enmarcado en una tradición que algunos comienzan en 1976 –de ahí, su indiscernibilidad con el “proceso” militar, pues Macri sería una mezcla de Videla con Martínez de Hoz- y que los más revisionistas ubican en profundidades remotas del siglo XIX. No habría demasiados impedimentos, en ese sentido, en asociar a Macri con Mitre, Rivadavia, y aun con los virreyes españoles. Los “ricos” son egoístas e insolidarios; y como confunden al país con sus intereses, no tienen miramientos en hundir al “pueblo” en el “hambre” y la miseria. Así lo fue durante la “república conservadora” y su “modelo agroexportador” entre 1880 y 1916, los años 30, las dictaduras militares y el menemismo.

Y si bien es cierto -siempre según esta interpretación- que el yrigoyenismo, el peronismo y el kirchnerismo encarnaron “revoluciones inconclusas”, al menos le garantizaron al pueblo participación política y bienestar mediante un “modelo de desarrollo industrial” autónomo y emancipador. Supuestamente restaurado por el kirchnerismo, su símbolo viviente luego de la “guerra del campo” de 2008 fue Tecnópolis como contracara de la anacrónica y reaccionaria “Rural”.

¿Cómo fue posible que “los ricos”, el “bloque agroexportador hegemónico”, “la oligarquía” y el “neoliberalismo” hayan podido ganar en 2015 en elecciones limpias, sin fraude y sin golpes militares? Respuesta sencilla: por el dominio engañoso de uno de sus componentes más peligrosos, los medios de comunicación monopólicos y sus personeros de turno. Pero la conciencia de los “equivocados” ya está en marcha; urgiendo habilitar a través de las distintas “organizaciones del pueblo” la rápida erradicación del Gobierno sin detenerse en los engañosos métodos republicanos y democráticos ”formales”. Estos deben quedar supeditados a los que se dirimen “en la calle”, que concluirán ineluctablemente con el desalojo del presidente “neoliberal” de la Casa de Gobierno.

En lo posible, como en 2001, y a la manera de un escarmiento memorable y definitivo, en un helicóptero. Según el polo opuesto, el “populismo” distorsionó la cultura de los sectores populares empapándola de parasitismo. Durante los tiempos yrigoyenistas y peronistas lo hicieron habilitando el acceso a la administración pública de funcionarios incompetentes y corruptos con sus clientelas de empleados incapaces y negligentes. El kirchnerismo habría completado el ciclo mediante la institucionalización de la “vagancia”, subsidiando a la nueva plebe de “planeros” miserables. Merced a los programas “descansar”, estos viven un estilo de vida festivo y violento de alcohol, drogas y promiscuidad sexual por vicio aunque también por interés. Así lo probaría la epidemia de embarazos adolescentes inducida por la Asignación Universal por Hijo. Desde sus reductos villeros, están siempre predispuestos al delito y a las movilizaciones disruptivas del orden público regadas por choripanes, Coca Cola gratis y transportes truchos. La historia puede recurrir también en auxilio de esta interpretación remitiéndose a la“barbarie” sarmientina.

Los errores conceptuales y perceptivos de ambas explicaciones merecerían un tratamiento aparte. Por caso, si los bloques que se enfrentan respectivamente encarnan de forma maniquea al bien y al mal, ¿por qué ambos siempre “se quedaron cortos”, resolviéndose el balance de su conflicto en un empate sistemático? Las respuestas más elementales se escuchan en reuniones familiares, de amigos, medios de transporte; y, lo que es mucho peor, también en las aulas: quedaron pendientes el “paredón” castrista, una guerra civil de exterminio y otras exquisiteces del siglo XX. Henos aquí en la brecha que anida en la imaginación –y en la lengua- de miles, cuyos tóxicos supuestos envenenan a las mentes juveniles y evocan un alarmante retroceso cultural.



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