El reflejo liberticida

Por Santiago Torres

Ante un problema, el primer impulso de varios integrantes del elenco político es recortar derechos y libertades. Eso sí: siempre por nuestro propio bien. Ahora el “Estado niñera” vuelve por sus fueros con el tema de las bebidas alcohólicas.

Una nota del diario “El País” hace un buen resumen de las metas y los objetivos que se han trazado los legisladores que integran la comisión del Parlamento que presentará un proyecto de ley sobre el tema al Presidente de la República:

“Prohibir la venta de alcohol entre las 22:00 y las 8:00 horas; crear un registro único de vendedores de bebidas alcohólicas; eliminar los carros ambulantes que comercialicen ese tipo de bebidas; sacar de las cajas de los comercios las petacas, y limitar a un determinado porcentaje el espacio físico utilizado para la venta de alcohol, son algunas de las medidas que presentó una comisión multisectorial del parlamento al presidente Tabaré Vázquez. El objetivo, en base a esos acuerdos, es crear una ley integral para reducir el consumo problemático de alcohol que afecta al 15% de la población”.

No es un tema limitado a Uruguay. En todo el orbe, cada vez que se advierte que hay un problema o existe la percepción de que hay un problema, el reflejo condicionado es el de recortar libertades. Y como los elencos políticos rara vez son extraterrestres llegados en un platillo volador sino que emergen de sus propias sociedades, evidentemente es en la gente donde anida el reflejo condicionado liberticida.

El planteo, que se viste con toda solemnidad, es apenas una variación sobre el mismo tema: hay gente incapaz de controlarse a sí misma que perjudica al resto; ergo, les recortamos a todos sus libertades “por su bien”. Como partimos de la base de que la gente es estúpida, tenemos que salir a cuidarlos de sí mismos. O sea, lo que se da en llamar “Estado niñera”.

En el caso concreto, como habría un 15% de la población con consumo abusivo de bebidas alcohólicas, para ayudarlos —y evitar que crezca la membresía del club de los alcohólicos— hacemos un recorte general de libertades.

¿Cómo hacerles entender a los legisladores y jerarcas varios del Poder Ejecutivo que la gente adicta al alcohol es la que se va a saltear de cualquier manera las restricciones —precisamente por su pulsión— y a los únicos que van a embromar va a ser a la inmensa mayoría que no tiene ese problema? ¿El comercio ilegal de estupefacientes no les da una pista grande como una casa de que la cosa no va por ahí? Evidentemente, hay gente inteligente que, por alguna misteriosa razón que no alcanzo a advertir, se muestra incapaz de hacer esa conexión que a mí se me hace grotescamente evidente.

O tal vez el asunto sea peor: hacen la conexión, se dan cuenta, pero la imposición de una restricción los muestra ante la ciudadanía “haciendo algo”. Y allí es donde me preocupa más el tema porque, por las razones que ya expliqué, la pulsión liberticida da cuenta de una convicción social que entiende que los problemas se solucionan prohibiendo, impidiendo, restringiendo.

La contracara de la libertad, imposible de escindir de ésta, es la responsabilidad, o sea, el “hacerse cargo”. Algún día los seres humanos deberíamos comprender que con ello es más que suficiente. Y no me vengan con que entonces debería legalizarse el robo o el homicidio porque esa es una falacia de poca monta. Si robo, me cae el Código Penal porque afecté el derecho de otro. Si bebo alcohol, incluso como una cuba, no estoy afectando el derecho de nadie. Si por mi borrachera, en cambio, afecto un derecho, allí sí me tiene que caer todo el peso de la ley pero no por estar borracho sino por haber perjudicado a otra persona. Eso es hacerse cargo, esa es la responsabilidad por el ejercicio de la libertad. Y con eso alcanza y sobra.

No debería ser tan difícil.



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