El gran Abel

Haber nacido en Valle Edén, en el Uruguay más profundo (y hermoso) de nuestro interior, hijo de una larga familia de diez hermanos, y llegar a ser un personaje popular y querido por toda la sociedad uruguaya, habla de ese Uruguay batllista que todavía sobrevive y de las notables calidades humanas de Abel Duarte. Así lo hablábamos, en su velatorio con uno de sus hermanos, alumno de la escuela rural, del liceo público y hoy abogado.

Para nosotros —Marta y yo— era un entrañable amigo, compartiendo un vínculo que en su tiempo también incluyó a la profesora Gloria Amén Pisani, que nos acercó a él.

La significación de lo que era como comunicador se ha visto en estas horas. Todo el periodismo y el mundo de la comunicación ha puesto de relieve su trayectoria. Cuando se hace el balance, uno se encuentra con alguien que mantuvo su “Musicalísimo” desde 1976 y que hizo del mismo algo mucho más que un programa de entretenimiento. No solo era música. Era comunicación con y entre la gente, en la noche compañía para los solitarios y luego, a través de los bailes y los viajes, la configuración de una verdadera comunidad social. Participamos muchas veces en sus tradicionales “Divagues”, en que se hablaba largo y tendido sobre lo divino y lo humano.

Como él solía decir que no era periodista sino comunicador, en esa definición basaba su independencia para exhibir su condición política, de colorado y batllista convencido y orgulloso. En tiempo de gran intolerancia política, no ocultaba esa definición y participó activamente en la vida política. Ahora mismo acababa de terminar una campaña en la elección interna y el desgaste de ese esfuerzo contribuyó a que esa gripe que contrajo se transformara en la fatal neumonía que se lo llevó con solo 60 años y en la plenitud de sus capacidades.

Su sonrisa contagiosa, su caudal de afecto, su empatía con la gente, su afán de ayudar solidariamente, le daban un perfil intransferible. Era Abel. No se parecía a nadie. Era él y nada más que él. Así lo recordarán miles de sus seguidores y así lo extrañaremos, para siempre, sus amigos.

J. M. S.



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