El éxodo cubano también fue una ‘purga homofóbica’

El 20 de abril de 1980, Fidel Castro —por entonces presidente de Cuba— anunció que cualquier ciudadano que quisiera abandonar la isla podría hacerlo desde el puerto de Mariel. Durante los siguientes seis meses, casi 125.000 cubanos atravesaron los estrechos de Florida, incluidos miles de hombres y mujeres gays que escapaban de la persecución. Una exposición histórica recuerda en Miami esos tiempos de persecuciones.

Casimiro González y Manuel Rodríguez fueron dos de aquellos cubanos expulsados. La suya es una de muchas historias que se incluyen en Queer Miami: A History of L.G.B.T.Q Communities, una nueva exposición en el Museo History Miami que celebra los cincuenta años de la rebelión de Stonewall. El curador Julio Capó Jr., profesor asociado de historia en la Universidad de Massachusetts en Amherst, traza la historia (y las batallas) de la comunidad LGBTQ en Miami desde 1890 hasta el presente a través de video de archivo, fotografías y objetos. La muestra aborda también el modo en que los inmigrantes cubanos dieron forma a la ciudad

El éxodo del Mariel fue, entre otras cosas, una “purga homofóbica” de acuerdo con Capó. “Fidel Castro aseguraba que aquellos que querían irse eran la escoria de la sociedad, los que jamás serían productivos para la Revolución cubana”, agregó.

González y Rodríguez se conocieron en un cine en La Habana cuando tenían veintitantos años. Llegaron a Estados Unidos en 1980 y, después de casi medio siglo juntos, se casaron en 2015. En nuestra conversación telefónica bromeaban entre ellos y se completaban las frases. Estos son algunos fragmentos editados de nuestra charla.

¿Cuál era la actitud del gobierno cubano hacia las personas homosexuales en los años setenta?

GONZÁLEZ: Para nosotros no era seguro. Los policías hacían redadas en los cines muy seguido. Encendían las luces y reunían a cualquiera cuya apariencia no les gustara y los metían a guaguas y se los llevaban a prisión. También hacían eso en cabarets.

RODRÍGUEZ: Cuando Fidel Castro dijo que la gente podía irse, yo me fui para el Comité de Defensa de la Revolución y dije que me robaba los tendederos y que era un homosexual que estaba contra la Revolución. La verdad exageré. Después me escondí dos días en mi casa mientras esperaba mi permiso de salida. Tenía miedo hasta de acercarme a la ventana. Las turbas le aventaban huevos a la gente como nosotros. Así que Casimiro iba a casa a verme. Al tercer día un policía llegó en moto y gritó mi nombre; esa era la señal de que había llegado mi hora de partir. Mi mamá me había hecho un pan con bistec, pero apenas y podía tragármelo.

GONZÁLEZ: Ya basta de hablar de pan con bistec, ¡me está dando hambre!

RODRÍGUEZ: Eran casi las 19:00 del 15 de mayo de 1980 cuando dejé Cuba. Nos pusieron a 289 personas en un barquito camaronero. Todos, menos diecisiete de nosotros, eran prisioneros. El gobierno había obligado al dueño del bote para que nos sacara de la isla. No había lugar para sentarse ni para vomitar si uno se mareaba.

GONZÁLEZ: Después de que él se fue, me quedé en la cama y fumé un cigarrillo tras otro y tomé café. No podía comer nada. Finalmente me dieron el permiso de salida once días más tarde. Nuestra balsa se quedó sin combustible y estuvimos a la deriva. Al final nos rescató un barco militar estadounidense, un acorazado. Las puertas se abrieron y yo estaba seguro de que iban a salir cañones. De manera asombrosa nuestra balsa entró justo en la panza del buque. Yo pensé: “¡es el fin! ¡Nos van a hacer picadillo y nos van a tirar al mar!”. Pero los estadounidenses se portaron bien con nosotros. Nos dieron de comer y luego tuve el lujo de llegar a Miami en helicóptero.

RODRÍGUEZ: Llegó con estilo, pero sin un solo centavo en el bolsillo.
En el momento de su llegada, Estados Unidos estaba al borde de la crisis del sida y la homofobia era rampante. Pero, a cambio, no eran hostigados por las patrullas de barrio que había en Cuba. ¿Cómo vivieron esa transformación?

RODRÍGUEZ: Me acuerdo de lo libre que me sentí. La primera vez que fuimos a bailar nos quedamos con la boca abierta. Había hombres bailando con hombres y mujeres con mujeres. Empezamos a adaptarnos a todas estas cosas que eran nuevas para nosotros. Aunque, en ese momento, la comunidad latina criticaba a la gente como nosotros, así que éramos muy discretos. Ninguno de mis colegas del trabajo supo nunca.

GONZÁLEZ: ¡Les dijo que estaba casado en Cuba y que había dejado a 40 hijos! Las cosas han cambiado tanto desde entonces. Perdimos a muchos amigos a causa del sida.
Antes de que existiera FaceTime y el correo electrónico, emigrar se sentía como algo más definitivo. ¿Alguna vez se arrepintieron de su decisión de marcharse? Ahora que han vivido más tiempo en Estados Unidos que en Cuba, ¿se sienten estadounidenses?

GONZÁLEZ: No sabía lo que iba a pasar una vez que llegamos aquí. Tenía miedo. Solo más tarde, cuando nos establecimos, llegó la nostalgia. Extrañabas a tu familia, las cosas cubanas.

RODRÍGUEZ: Ahora me considero estadounidense. Este era el país donde estaba destinado a vivir.

GONZÁLEZ: Sí. Aunque a uno nunca se le olvidan sus raíces, yo me siento estadounidense.



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