El día después de esta crisis

Por Fátima Barrutta

Mucho se viene hablando en estos días de la emergencia sanitaria y la manera como está modificando radicalmente nuestras vidas.

El gobierno asume una actitud ejemplar al mantener a la población informada con total transparencia. Los medios hacen su trabajo con esmero y generosidad: incluso aquellos que se manejan por suscripción, han abierto las noticias sobre el coronavirus sin limitación alguna, para colaborar al bien común. Y las redes sociales se han convertido en una especie de espejo deformante de nuestros miedos, inseguridades y esperanzas. Allí se dice de todo: desde la condena con nombre y apellido a una persona que actuó con descuido en la propagación del virus, hasta las más insólitas teorías conspirativas, formuladas en la búsqueda de una explicación racional a esta absurda e injusta crisis sanitaria global. No vale la pena extenderse sobre todo esto, dicho hasta el cansancio en cada posteo de Facebook, cada tuit, cada hogar y lugar de trabajo.

Me interesa reflexionar aquí sobre algo de lo que poco se habla: las consecuencias de esta crisis, el día después de que, entre todos, hayamos derrotado al virus.

El impacto económico que dejará en el país ya es por todos imaginado. La paralización obligatoria de muchas actividades productivas tendrá un alto precio, tanto en recursos como en puestos de trabajo.

El Uruguay posterior a la emergencia sanitaria estará cargado de heridas sociales y la cuarentena en que nos encontramos ahora puede convertirse en una oportunidad para que, en la realidad micro de cada hogar, ayudemos a repararlas.

Ahora, que estamos recluidos en nuestras casas, es el momento para separar las prendas y artículos que no necesitemos, para donarlos a los más vulnerables. Ahora es el momento de tender puentes entre nosotros, así sea a través de internet, para entendernos más y aceptarnos mejor, dejando de lado las banderías políticas, ideologías y credos, y entendiendo que ante una amenaza como esta, todos somos hermanos.

Ahora es el momento de promover con más fuerza el teletrabajo, la economía colaborativa y las formas intrínsecas de la solidaridad, a contramano de un consumismo excesivo, egoísta y mezquino, al que la rutina nos ha empujado casi sin darnos cuenta.

La crisis se convierte en oportunidad.

Podemos salir de este gran lío mejor de como estábamos antes de que comenzara. Aprendiendo que las discrepancias coyunturales no deben desunirnos y que el amor al prójimo no es un eslogan vacío, sino una movilización permanente a la acción.

El día después, tendremos que aprender qué hacer con los restos de este naufragio. Cómo reconstruir al país, curar el tejido social y productivo dañado, convenir un nuevo contrato ciudadano, basado en la confianza y el optimismo activo. Tendremos que modificar nuestro descuidado vínculo con el medio ambiente. Revalorizar la salud, protegiendo el hábitat en que nos movemos, haciéndolo más natural y seguro.

Ahora no solo se trata de cuidarnos. También debemos aprovechar este tiempo de latencia, para pensar en ese futuro y diseñarlo.

De esta saldremos todos juntos, cinchando para el mismo lado.

Y del mismo modo, todos juntos y orientados a objetivos comunes, podremos inaugurar un mejor futuro.




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