El binomio inseparable entre la inseguridad y las cárceles

Por Elena Grauert

Este verano no se quedaron fuera los episodios de violencia, delincuencia e inseguridad que se han ido dando todos estos años, incluyendo asesinatos de policías, vejaciones en el Comcar e inseguridad hasta en las visitas carcelarias.

Es evidente que el sistema carcelario no está dando repuestas, ni constituye una seguridad para la sociedad, sino que todo lo contrario. Las cárceles son un caldo de cultivo para que la delincuencia se potencie y multiplique, constituyendo lugares de perfeccionamiento, especialización y cartelización de los delincuentes en la carrera del hampa y el delito.

Creer que el tema de la seguridad ciudadana termina con la cárcel, es como querer tapar el sol con un dedo, dado que si en los lugares de reclusión el deterioro (en términos humanos y de seguridad) es tan grande como lo que se vio en el Comcar —reclusos electrocutados, peleas con lanzas, cortes, teléfonos, etc.—, es claro que los delincuentes hacen lo que quieren, influyen y mandan en el afuera, tanto como en el adentro, lo cual claramente no termina con el problema sino que lo potencia.

Lo que impera hoy en las cárceles es la ley del más fuerte, la violencia es de tal magnitud, que la vida no vale allí absolutamente nada. Las bandas de delincuentes mandan allí (lo cual es escenificado en series como “El Marginal” o tantas otras, que parecen solo ficción pero no lo son). Este fenómeno hace que la tarea policial se vuelva casi imposible y terminen jugando las mismas reglas que se les impone por la fuerza. Ello conlleva necesariamente a la corrupción, al “sálvese quien pueda”. Nadie va a poner en riesgo su vida y la de su familia y todos terminan jugando con reglas que se alejan cada vez mas del deber ser y del principio de autoridad.

La falta de policías y personal de seguridad es denunciada en forma reiterada por el Comisionado Parlamentario que dijo hace unos días en radio Sarandí que por cada 500 presos, hay dos guardias. De acuerdo con Petit, debería haber uno cada diez reclusos.

En esa espiral de violencia, más la falta de seguridad interna, hacen que la extorsión y el ajuste de cuentas sean la norma, por lo que ello engloba a todo los que de alguna forma participan del sistema. Por tanto evitar que se den estos fenómenos, teniendo una buena política carcelaria, no es problema de otro o de los reclusos, forma parte de la política de seguridad general.

Solo por el principio de que todo preso en algún momento va a salir, sería importante buscar un sistema donde se trate de rehabilitar, educando y brindando herramientas a aquellos que se puedan salvar de continuar en el camino de la delincuencia. Si el recluso, desde su ingreso, además de las vejaciones que sufre por el encarcelamiento, el aislamiento, la falta de seguridad, el ocio, entra en un sistema donde el que manda es una mafia de delincuentes, (no existiendo prácticamente protección institucional), sin duda rápidamente se alineará y pasara ser una súbdito mas del tablero, que para sobrevivir debe ser violento también y acoplarse.

Por lo tanto, mirar para otro lado cuando nos enteramos de estos atropellos inhumanos, como si pasara en otro país o en la series de televisión, creyendo que nada nos afecta, también es parte del problema. Los países más seguros, tienen mejores cárceles y la cantidad de presos va disminuyendo, porque el cumplimiento de la ley, la libertad y la vida, son valores fundamentales. Para llegar a eso, lamentablemente nos falta mucho.

Como ha solicitado el Comisionado Parlamentario, las cárcel deben ser recintos chicos, donde sea más fácil su control y se inhiba la acción de bandas mafiosas que corrompen al resto del sistema, separándolas e incomunicándolas, dando protección a los reclusos para que los mismos no busquen la seguridad fuera de las vías legales.

Sin duda hay que invertir, pero no caigamos en la falacia de pensar que basta con acumular delincuentes, uno sobre otros, sin importar las condiciones, y que ello nos va a dar paz. Lo cierto es que el actual sistema es un incentivo para la generación de más delincuencia, más corrupción y, por tanto, más inseguridad. Cualquier propuesta seria debe tomar en cuenta el binomio entre la política de seguridad y la política de cárceles como parte de un todo.



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