El Estado batllista como promotor del progreso

Por Miguel Lagrotta

El modelo batllista fue una mezcla de políticas avanzadas para consagrar el progreso

En un reciente viaje a Europa conseguí la traducción en español del libro de Francis Fukuyama titulado “Orden y decadencia de la política”, Deusto, grupo Planeta, Barcelona 2016. En el mismo, el autor establece con claridad que un sistema político se basa en el equilibrio entre Estado, derecho y responsabilidad y en las necesidades morales de toda sociedad. Y avanza en la concepción clásica de que todas las sociedades necesitan Estados capaces de generar suficiente poder como para defenderse de problemas externos o internos y sobre todo con la capacidad de imponer el cumplimiento de las leyes acordadas de modo general a través de la Constitución.

El objetivo es, sin dudas, regularizar el poder mediante la ley para asegurar de que se aplique a todos los ciudadanos sin ningún tipo de privilegio. El principio de legalidad, además, resulta imprescindible para lograr el desarrollo económico, sin derecho de propiedad claros y sin la imposición del cumplimiento de los contratos es imposible el desarrollo de empresas que inicialmente se sostienen en la confianza.

Todo esto, finalmente se consolida en la acción política que es una de las dimensiones básicas de la libertad que se completa y enriquece la vida de los individuos.

En nuestro país, y luego del ocaso del batllismo, vemos con claridad que hay un fuerte déficit político, pero no del Estado delineado por el batllismo histórico, sino de un Estado moderno que sea competente, organizado, autónomo y vinculante con la sociedad.

Cuando vemos fracasos políticos en realidad es un fracaso del Estado en llevar a la práctica las propuestas realizadas por el sistema político. Es un tema en círculos, importante pero no del discurso habitual de los votantes, o sea reflexionar sobre el Estado y el  uso eficaz del poder estatal no conmueve las inquietudes populares.

El propio Luis Batlle continuador de la política originada durante el primer batllismo de un estado con empresas estratégicas y con claro objetivo redistributivo sostenía: El 26 de junio de 1948, en Salto, Luis Batlle Berres defendía el dirigismo económico y el desarrollo estratégico del Estado. “La economía dirigida no es sino economía ordenada y en beneficio de la sociedad; no se intenta con ello destruir el principio de la libertad de comerciar para sustituirlo por el – Estado comerciante–. Sino que es, frente a las circunstancias presentes, necesidad de reglar y dirigir la economía en beneficio de la sociedad. Esto no se ha querido comprender y se prefiere, por algunos, la libertad, sin advertir que la libertad es el desborde de los precios y una marcha rápida hacia el desorden.

Si no existiera la Ancap y en nuestro país se vendiera la nafta y el keroseno y el gasoil a los precios que se cotizan en el mercado internacional... nuestro pueblo estaría pagando 18 millones de pesos más de lo que paga en la actualidad... la desaparición de las empresa del Estado podría aparejar la presencia de consorcios internacionales para dirigir nuestra industria que es nuestra y que debemos defender... somos el único país del mundo que tenemos el monopolio de los teléfonos y el monopolio del petróleo por el Estado y esto lo hemos conquistado sin tirar un solo tiro y sin realizar ninguna clase de despojo”.

Lo cierto es que durante el primer batllismo el incremento poblacional, el avance de los medios de comunicación y la consolidación del mercado interno permitieron el desarrollo de nuevas actividades productivas mayoritariamente urbanas.

El batllismo, ya como proyecto a largo plazo, se convirtió en una síntesis política de diversos sectores sociales. La legislación laboral fue determinante para conciliar las diferentes clases sociales, desde el proletariado industrial naciente, el desplazamiento de la mano de obra rural y  además se sumaba el interés del capitalista industrial que necesitaba orden, estabilidad y legalidad.

El proyecto reformista incluyó un fuerte dirigismo que durante el neobatllismo logró un gran impulso al nivel de vida. El rol estratégico de las empresas públicas era y es para el batllismo la búsqueda de nivelación destinada a favorecer una distribución más igualitaria de los ingresos: “apresurarse a ser justos es luchar por el orden y asegurar el orden”.

No es nuevo y sin ánimo de aburrir podemos analizar algunos puntos de la evolución histórica sobre el rol del Estado como regulador social ya en la visión de San Agustín observamos un cambio radical: el Estado como un medio y no un fin en sí mismo; para él el hombre trasciende al Estado.

En esta línea de pensamiento, afirmamos que el Estado existe para el hombre. Complementado con Tomás de Aquino, quien reconoce que el fin del Estado es el bien común, podemos concluir que en la Edad Media se logra combinar el Estado como medio pero también con objeto social Para Locke el poder debía estar limitado, dividido. Él apreciaba derechos naturales que anteceden al Estado y que ni en el estado de naturaleza se podían negar.

El gran teórico de la división de poderes es Montesquieu, que en una clasificación tripartita aportó la idea del poder judicial encargado de resolver las controversias y también la idea de un bicameralismo en el poder legislativo.

No sería hasta Rousseau que se aclararía que el titular de la soberanía no puede ser otro que el pueblo, el defendería la soberanía popular y resaltaría la realización de la voluntad general como el fin último del Estado.

Para Hegel y su método dialéctico lo importante sería el Estado y el individuo tendría un papel insignificante, poco de lo que dijo es justificable hoy; su principal aportación se encuentra en que fue ayudaría a otros a percibir que el Estado ha cambiado con el tiempo. Marx apoyado en esto sostendría que el Estado ni siquiera ha existido siempre y que eventualmente deberá desaparecer pues es sólo producto de la lucha de clases, instrumento de opresión de una clase por otra.

De Lenin podemos destacar su intento por utilizar la fuerza de grupos sociales que no estaban concientizados políticamente y de cierta manera involucrarlos en el Estado. Para Weber el Estado es una relación de dominación de la burocracia. El Estado es el gran protagonista del batllismo como agente económico y como regulador. Las políticas sectoriales tuvieron un rol trascendente. Se puso el eje en las políticas sociales y en los derechos de los trabajadores promoviendo el intervencionismo cuyo ejemplo más concreto fue la política de nacionalizaciones y estatizaciones.

Para el siglo XXI el desafío del batllismo es ser fiel a sus principios de que una idea genera otra y una reforma antecede a otra buscando adelantarse a los requerimientos de la sociedad y del progreso.

Siempre se ha discutido el modelo batllista de desarrollo realizado entre 1911 y 1930 en el cual el debate entre la diversificación productiva, proyectada y con éxitos relativos, o la construcción de un modelo urbano con servicios y desarrollo fuerte del sector público. Se puede afirmar que el modelo batllista apuntaba a tres objetivos: modernizar y diversificar la estructura de producción con énfasis en la industria y la expansión de un modelo agrícola. Se debía, entonces, desarrollar el mercado interno generando un buen entorno de bienestar social y nacionalizar la economía para reducir los riesgos de la dependencia extranjera y sus crisis y euforias cíclicas.

La retención de la mayoría de los recursos del país va de la mano de que las compañías extranjeras reduzcan su accionar siendo sustituidas por empresas del Estado. Finalmente redistribuir los ingresos elevando el poder adquisitivo de la población y universalización el acceso de la población a bienes y servicios.

Desde el punto de vista económico el batllismo planteaba:

1) Modernización de la ganadería y expansión de la agricultura de forma combinada.

2) Desarrollo de la industria manufacturera nacional sustituyendo las importaciones.

3) Expansión de servicios en las finanzas, los transportes, comunicaciones, turismo, enseñanza y salud.

4) El incremento de la participación del Estado en los aspectos productivos y comerciales.

5) Reforma fiscal con el objetivo de estabilizar y aumentar la recaudación del Estado con el objetivo de una mejor redistribución. También desconcentra la propiedad de la tierra. (georgismo)

Siguiendo a Benjamin Nahum el Estado para el primer batllismo tenía estos componentes: “La idea básica era que el Estado representaba a toda la sociedad y por encontrarse por encima de todas las clases sociales debía no solo arbitrar sus disputas, sino también impulsar su progreso mediante un crecimiento sostenido de la economía. Esa finalidad social era lo que daba derecho al Estado para -invadir- el campo de la actividad económica privada, desde que - el interés general- era superior al particular de las empresas”. El propio ministro José Serrato sostenía en 1911 que “ los monopolios constituirán un poderoso recurso fiscal a fin de que las cargas nuevas no contribuyan a hacer más desigual la distribución de la riqueza”

El problema latente será la relación entre el desarrollo político y el fantasma del clientelismo y la corrupción.

Corresponde ahora hacer referencia a Francis Fukuyama en su obra “Origen y decadencia de la política” (Deusto, 2015, pág. 261) que cita a Ernest Gellner: “Una sociedad que vive para el crecimiento tiene que pagar necesariamente un determinado precio . El precio del crecimiento es la innovación permanente. La innovación permanente a su vez, presupone una incesante movilidad ocupacional, tanto entre generaciones como en ocasiones, en el curso de una vida (...) el perfil general de una sociedad moderna es ser alfabetizada, con movilidad social, con cultura compartida, homogénea, trasmitida por la alfabetización e inculcada desde la escuela...” Ese fue el Modelo batllista de desarrollo, y debe ser el motor ideológico en el siglo XXI.



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