Estos días se ha repetido la expresión "caballero del deporte" para calificar a Eduardo Rocca Couture. La expresión caballero no transita hoy en los caminos habituales de nuestra habla, pero nos rescata una idea que cabalmente define a Teddy. Caballero en el deporte y más allá del deporte, por reunir esos valores del hombre de cultura, del buen decir, del bien hablar, del mejor talante para relacionarse con las personas, siempre buscando la conciliación y procurando alcanzar la superioridad de la amistad. La sencillez en el trato personal y la hidalguía en la vida institucional.
Hijo de Miguel Rocca, brillante catedrático de Derecho Comercial, y sobrino de Eduardo Couture, el procesalista uruguayo de mayor resonancia internacional, su vida profesional llevó con honor el peso de esa enorme tradición. No se volcó a la vida académica sino al ejercicio activo de la profesión, desde un estudio que fue referencia insoslayable en la vida civil de nuestro país.
Paralelamente, alternó en todos los planos de la vida social uruguaya. Una activa participación empresarial, en numerosos emprendimientos, consolidó una personalidad unánimemente respetada. El Rotary le mostró en su faceta clásica del ejercicio activo de la buena voluntad, en su dimensión más solidaria. Fue en el fútbol, sin embargo, donde su figura alcanzó una enorme popularidad. Ingresó a la vida directriz por el Club Defensor, pasó a luego a la Asociación Uruguaya de Fútbol, a la Conmebol y llegó a la Vice Presidencia de la FIFA, que solo había ocupado un uruguayo cuando se fundó en Ginebra. En ese largo trayecto, concitó siempre respeto y admiración por su capacidad y espíritu constructivo. Como es natural, no faltaron confrontaciones en ese largo período, en las que siempre procuró soluciones. Tampoco faltaron escándalos que, lejos de salpicarlo, consolidaron su prestigio personal.
En lo personal lo conocimos en muy lejanos tiempos juveniles. Nos encontramos luego en la vida una y otra vez, trenzando una larga amistad. Entre tantos recuerdos, evoco hoy el del Mundial de 1990 en Italia, cuando viajamos con Marta y él con Susana, su esposa , compartiendo hermosas jornadas de deporte y disfrute de la vida. En ocasión de que Uruguay jugó en Verona, juntos visitamos la célebre Arena y los inolvidables recuerdos de Romeo y Julieta, exaltados por Shakespeare como símbolos eternos del amor.
Ante su desaparición podemos decir, con serenidad ciceroniana, que colmó su vida, cumplió con sus valores cristianos, fundó una gran familia y nos deja a todos, en lo mejor de nuestra memoria, el recuerdo de un hombre bueno. Sí, un hombre bueno, un verdadero caballero.
J. M. S.