Por Jonás Bergstein
El mundo está lleno de sorpresas, a veces más gratas, otras veces no tanto. Hoy nos convocan las primeras: la semana pasada, en ocasión de la celebración de la Conferencia Durban IV en Nueva York, más de 30 naciones optaron por no asistir. El gobierno nacional fue uno de ellos.
Hay que hacer un poco de historia. En abril del 2001, las Naciones (des)Unidas organizaron una conferencia mundial contra el racismo. La idea era convocar un espacio que marcara la primera conferencia internacional del siglo XXI sobre ese tema. Para subrayar el simbolismo del evento, los organizadores habían escogido la ciudad de Durban, en Sudáfrica, la cuna del apartheid.
La conferencia resultó un fiasco. Como ha sucedido con tantas otras convenciones iniciativas de Naciones Unidas, un conjunto de Estados (y activistas) árabes radicales, cuidadosamente organizados -más precisamente: Irán, Irak, Siria y Libia (agregamos nosotros: radicales en la desprotección de los derechos individuales)-, se adueñaron de la actividad. Lejos de ser una conferencia contra el racismo, se transformó en uno de sus máximos instigadores, un festival anti-judío, al decir de Antonio Mercader, que dignamente encabezó la delegación uruguaya (Tuvo el coraje de retirarse en cuanto captó cómo venía la cosa; como veremos abajo, en Durban IV su nombre resonó con estridencia).
Aquello fue un pandemónium, tal como lo recuerdan Marcos Israel y Eduardo Kohn, compatriotas y testigos presenciales de ese carnaval del odio: Los Protocolos de los Sabios de Sión se vendían a vista y paciencia de cuanta ONG circulaba por ahí, y una marcha enardecida enarbolaba la pancarta de siempre, tan infaltable como repugnante: "Hitler debió de haber concluido su trabajo" (Hitler should have finished the job).
Al decir de mi Padre, Durban marcó uno de los puntos más bajos del deterioro ético de las NU: en Durban Occidente tocó fondo.
En adelante quedó claro para todo el mundo (rectius: para todo el mundo que estuviera dispuesto a sacarse las anteojeras) cuál sería en lo sucesivo la estrategia comunicacional del Eje del Mal: valerse de la causa de los derechos humanos para deslegitimar a Israel. La estratagema es falaz pero no por ello menos artera y diabólicamente eficaz. Porque tal como lo explica Jonathan Sacks, en el siglo XXI los derechos humanos se han convertido en la institución que todo legitima, tal como en el Medioevo lo fuera la religión, o siglos más tarde la ciencia. De ahí la perversión del ardid: prevalerse de una causa inatacable (los derechos humanos) para promover una causa detestable que nada tiene que ver con los derechos humanos ni, dicho sea de paso, con los propios palestinos (que son sus primeras víctimas, tanto o más que los judíos): la deslegitimación de Israel.
Durban I fue sólo el comienzo. En el 2009 tuvo lugar Durban II, presidida por la Libia de Kaddafi (sic); el discurso inaugural estuvo a cargo del Presidente de Irán Ahmadinejad, el conocido negacionista del Holocausto (otro sic). No hace falta profundizar en los resultados de ese aquelarre. En el 2011, con bombos y platillos, se festejaban los 10 años de Durban: excepto que en ésta ocasión, alertados por varias organizaciones de derechos humanos en serio -no son muchas, pero también las hay-, 15 países (no menos serios) se dieron de baja de la Conferencia, incluidos Australia, Canadá y Nueva Zelandia (La cita no es ociosa: a juicio de quien esto escribe, en los últimos años los gobiernos de esas tres naciones se han convertido en la reserva ética de Occidente).
En ese contexto días pasados lugar la última edición de la conferencia, Durban IV. La labor preventiva tuvo un éxito singular: la conferencia estuvo signada por el abandono de más de una treintena de países que se alejaron del "Eje"; entre ellos, Estados Unidos, Alemania, Reino Unido, Holanda y Dinamarca (sin contar, por supuesto, a los tres países ya mencionados). Uruguay fue uno de los pocos países latinoamericanos que se alineó en esa dirección (Curiosa paradoja, habiendo sido tan decisivo el voto latinoamericano en la creación del Estado de Israel: otras Naciones Unidas, otro mundo). Las imágenes de la sala de la ONU completamente vacía, son por demás elocuentes.
Nos parece que en el país no logramos captar el tema en toda su proyección.
"Uruguay suma otro guiño a Israel" fue el título que un medio de prensa local escogió para referirse a la noticia.
Sin duda hemos sumado. Pero creo que la decisión tiene un sentido bastante más profundo que quizás los títulos locales pudieron pasar por alto. Como escribiera el inolvidable Lincoln Maiztegui, éste es un partido en el que se juegan "valores humanos de primera importancia", y en el cual "de un lado se alinean los defensores de la racionalidad, y del otro los exponentes de una supervivencia anti-histórica plagada de intolerancia y de odio". El mundo asiste a una lucha que va mucho más allá de Israel (Un Israel que, como lo expresara el Presidente Sanguinetti desde el propio título de su libro, es la Trinchera de Occidente, la primera línea de combate, pero ciertamente no la única). Es el combate de siempre: entre el despotismo y la libertad, entre la razón y la pasión (y el odio).
Para ponerlo con nombre y apellido, entre los Irán, Irak, Siria, Libia, Venezuela y Cuba de un lado, y los Australia, Canadá, Nueva Zelandia, Estados Unidos y Alemania por otro.
Sr. lector: ¿Ud. de qué lado quisiera estar?