Día Internacional de la Mujer: la igualdad y la paz son aspiraciones de todos

Por Elena Grauert

El Día Internacional de la Mujer en los últimos tiempos se ha transformado en una fecha emblemática de reivindicación de equidad entre ambos sexos.

Los colorados hemos reivindicado estos derechos e incluso desde antes del primer gobierno de Batlle y Ordoñez, dado que en la reforma vareliana se impuso la obligatoriedad de la educación para ambos sexos, lo cual ya plasmaba nuestra más profunda tradición republicana en términos de igualdad de derechos. Luego, a partir del primer gobierno batllista, comenzaron a establecerse normas de protección a la mujer como la licencia maternal de 1906, la ley de la silla, la creación de la “Ley para la creación de la Sección Femenina de Enseñanza Secundaria” (Universidad de Mujeres) , la tan discutida pero fundamental reforma que fue el divorcio por sola voluntad de la mujer, que revolucionó a la sociedad y liberó a la mujer, como fundamentaba uno de sus redactores, el Dr. Domingo Arena, “en definitiva no queremos otra cosa que la liberación de la mujer dentro del matrimonio”, siendo de los primeros pasos para alcanzar una verdadera igualdad.

También en aquellos tiempos de comienzos de siglo XX se comenzó a promocionar el derecho al sufragio de la mujer que finalmente se consagró en 1932. Pero quizás lo más revolucionario, fue la aprobación el 18 de setiembre de 1946 de la ley de Derechos Civiles de la Mujer, que consagro la igualdad total de derechos en cuanto a la administración de los bienes y derechos civiles, lo que sin duda marca un antes y un después y debería ser nuestro día nacional de festejo.

Los hechos de violencia intrafamiliar, sucedidos con mayor frecuencia en los últimos años, evidencian la existencia de conflictos humanos, que nacen desde mi punto de vista en parte por el nuevo rol social de la mujer, pero no es solamente ese el motivo: el individualismo, la violencia, la falta de educación y valores en respeto al prójimo, son parte del problema y no son patrimonio exclusivo de ningún sexo, puesto que ambos cometen atropellos. Quizás también esta sociedad del “yaísmo”, el instante, el apego a cosas externas y el consumo, nos lleva a un muy mal manejo de la frustración, al no por respuesta, y el no saber perder (lo cual también se ve frecuentemente en el deporte).

Lo cierto es que claramente la muerte de mujeres por su condición de tales —o “feminicidios”— traen aparejada, en una gran cantidad de casos, el suicidio del victimario o ex cónyuge, con la fatal consecuencia traumática de hijos que quedan huérfanos por un hecho de violencia inexplicable y profundamente injusto, que se aleja de los parámetros normales de humanidad y valores de una sociedad evolucionada y marca un profundo desprecio por la vida y la libertad.

Por ello entendemos que el tratamiento de los feminicidios y, en general, de la violencia intrafamiliar, no es un tema que se solucione con mayores sanciones ni con puños crispados. El tema es dar un tratamiento integral con psicólogos, asistentes sociales, educadores, con más y mejor Estado, dentro de los barrios y al lado de las víctimas y de las familias. El tratamiento debe ser integral, no bastan la policía, ni basta la justicia, eso está comprobado ya que las leyes contra la violencia domestica datan desde 1995 hasta la fecha y nada se ha parado sino todo lo contrario.

El Estado cada vez más debe generar, a través de centros comunitarios —que incluso podrían desarrollar su actividad en las propias escuelas o liceos—, lugares de educación a la comunidad en valores, el tratamiento en grupo de los problemas intrafamiliares y de cotidianidad. Debe existir un seguimiento y apoyo al denunciante y denunciado para tratar de ayudar a que salgan de la espiral de violencia que, muchas veces, los lleva a la muerte que lamentable y generalmente (así lo marca la estadística) es de una mujer, sin perjuicio de lo cual el problema es de todos.

La justicia no puede resolver el tema. Lo que hace en la mayoría de los casos —cuando puede— es mandar tobillera (siempre que haya, ya que hay 600 tobilleras y 45.000 denuncias de violencia domestica). Esto evidencia un desborde del tema, un abuso de la denuncia, que hace necesario un trato diferente y que pasa, primero que nada, por la educación en la igualdad y el respeto al prójimo como forma fundamental de caminar juntos.

En estos días de conmemoración del Día Internacional de la Mujer no puede quedar otro mensaje que sea mancomunar esfuerzos para que ambos sexos, que por naturaleza no son antagónicos, ni enemigos, sino necesariamente complementarios, que aprendan juntos a potenciar sus propias virtudes y compartir las del otro, lo cual si bien parece una obviedad las cifras de violencia marcan otra realidad. Somos iguales en derechos y diferentes en naturaleza, pero bilateralmente indispensables. Debemos aceptar cada vez más que se debe caminar juntos pero en libertad y que, sobre todo el respeto por el otro va a ser parte de nuestra propia autoestima y valor personal.



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