De coca, cucarachas y vampiros.

Por Consuelo Pérez

Diversos acontecimientos vinculados con el tráfico de drogas nos han puesto, como país, en una vergonzante e inconcebible situación.

Se escapa de la cárcel un importante y solicitado narcotraficante, cientos de quilos de cocaína se encuentran en un avión que salió del aeropuerto de Carrasco, lo mismo pasa con cuatro toneladas y media de la droga, que estaban en un contenedor que embarcó en nuestro puerto de Montevideo, un peón rural dedica parte de su jornal a levantar bolsas de cocaína que le tiran de una avioneta, cientos de quilos de la preciada sustancia, aparecen en una casa de Parque del Plata. Todo esto en pocos días, recientemente.

Entretanto, las cámaras de cárcel Central estaban apagadas cuando la fuga, en el aeropuerto “nadie llamó” a los controles, a la droga “la subieron” en otro lado y apareció por arte de magia en el contenedor, y una serie tan extensa como vergonzante de disculpas emiten los responsables, tales como Bonomi, Bayardi, y muchos otros vinculados directamente a estos inexplicables y aberrantes hechos. Pero nada es concreto o demostrativo de que no tienen responsabilidad en un delito que debieron haber evitado.

Todo esto despierta tristes sonrisas en el despreciado ciudadano común, mientras en el mundo, damos lástima, o directamente, somos una vergüenza. A tal grado ha llegado la ineptitud y lo escabroso de las explicaciones.

Porque el ciudadano es despreciado, como dijimos antes, en la medida que ve que “no pasa nada”. Se constatan los hechos, la impericia queda al desnudo, el narco fugado anda por el mundo a las risas, la droga sigue saliendo –y primero obviamente entrando– y no pasa absolutamente nada. Los ministros, subsecretarios, y directores responsables, siguen aferrados a sus cargos.

El único que renunció fue el director de Aduanas, el señor Enrique Canon. Quizá por el “peso” de lo que le pasó por un área de su responsabilidad –cuatro toneladas y media de cocaína– o porque su propio “peso” no se acerca ni por asomo al de otros “pesos pesados” que no los mueve nadie, pase lo que pase. Así son las cosas.

No debe de asombrarnos entonces que en un país donde los valores ya no existen, donde la familia se desvirtúa mientas la Sociedad se fragmenta cada día más, la aspiración de un niño que no va a la escuela porque nadie se lo exige, sea ser narcotraficante. Es el ejemplo que tiene a diario, quizá frente a su casa, en un barrio donde mandan ellos. O quizá viva en el interior, porque a varias ciudades ha llegado el flagelo, y todos los saben.

Bueno, Bonomi y su secretario no lo saben. Pero claro, ellos no tienen nada que ver, o al menos es lo que nos repiten a diario.

El saber popular afirma que, si descubrimos una cucaracha en nuestra cocina, seguramente haya cientos. Y el sentir ciudadano con el asunto de la droga es igual, porque es obvio que no se puede -todavía- propagandear la venta de cocaína, que las cosas se hacen a escondidas, y es de suponer entonces que esto es nada más –siguiendo con las comparaciones– que la punta del iceberg.

Tampoco escuchamos –ni queremos hacerlo– argumentar a Mujica al respecto. Porque es obvio que la venta legal de marihuana no surtió los efectos esperados y prometidos por el sabihondo expresidente. Claro, con la lógica del Ministerio del Interior, si no se hubiese legalizado la ahora popular “hierba”, en vez de 4.500 quilos, habrían sido 9.000 los que el enigmático contenedor trasladara...

Tranquilos, aquí no va a pasar nada. Así lo garantizan las ciegas mayorías parlamentarias. Ciegas a la corrupción, a los abusos, a la impericia, y gestadoras de seres humanos aferrados cual vampiros – también allí– a un estado que hace posible su hoy triste subsistencia.
Dicho sea de paso, tampoco vemos, desde hace mucho, quema de droga.

Alguien nos ha dicho que se hará en forma masiva en la noche previa al último domingo de octubre, a cielo abierto, y habrá obligación de aspirar con fuerza.

Puede ser, a esta altura, ya casi no les quedan otros mecanismos.



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