Daniel Martínez, el refrigerador simpático

Los dos años que Daniel Martínez ha cumplido al frente de la Intendencia capitalina, no muestran nada nuevo en la realidad decadente de un Montevideo que lleva 27 años (des)gobernado por el Frente Amplio. Eso sí: el relato autocomplaciente, de lucecitas de colores, aparece más alto que nunca.

El pasado 9 de julio, cuando se cumplieron sus dos años como Intendente de Montevideo, Daniel Martínez publicó una carta que no tiene desperdicio. Y no lo tiene porque en vez de mencionar sus logros, se dedica a hablar de sí mismo y de sus emociones. Francamente, lo bien que hizo, porque además de eso, poco más tiene para contar.

Más elaborados, en cambio, fueron el video publicitario de la Intendencia elaborado para la ocasión y un documento publicado en su web, donde se desarrollan varios de los conceptos enumerados en el clip.

Ambos, más que la cartita cursi del Intendente, construyen un relato que exhibe una ciudad que, imparable, se va para arriba. De hecho, cada subtítulo del documento es precedido por un “Arriba”.

El problema es que sólo desde el relato, o sea, de un intento de instalar una posverdad abismalmente alejada de la realidad cotidiana de los vecinos de Montevideo, se puede afirmar que la ciudad está más limpia, financieramente saneada, con transporte público de calidad o pletórica de obras.

Daniel Martínez —se recordará— era el candidato cantado a la Intendencia de Montevideo por el Frente Amplio para la elección de 2010, pero el MPP y el PCU le arrebataron el caramelo y quedó la camarada Ana Olivera. O sea que Martínez tuvo un quinquenio entero para prepararse y armar programas y equipo. Pero llegó y no tenía nada, más allá de su proverbial simpatía personal (eso hay que reconcérselo).

El bienio de Martínez no exhibe otra cosa que mantenimiento de lo que estaba, continuismo puro. No hay ideas fuerza en ninguna área, no hay buques insignia. En suma, no hay un proyecto de ciudad.

Lo que sí hay es —como vimos— relato puro, funcional a la carrera política personal de Daniel Martínez. Detrás de ese relato fantástico, se esconde una actitud burocrática, un esperar en la poltrona de Intendente a que, como ocurrió en 2015, nuevamente le toque su turno, esta vez para concretar el acariciado sueño de la candidatura presidencial.

Entre tanto, los montevideanos, a fuerza de casi tres décadas de frentismo departamental, hemos naturalizado lo que no deberíamos. Hemos naturalizado la mugre. Hemos naturalizado los asentamientos. Hemos naturalizado un transporte público caro e ineficiente, pese al subsidio que reciben las empresas (subsidio que básicamente paga el resto del Uruguay). Hemos naturalizado las calles convertidas en un desastre. Hemos naturalizado que en Montevideo no se realicen obras de infraestructura relevantes (que cualquier ciudad de la región puede exhibir). Hemos naturalizado la farsa del “tercer nivel de gobierno”. En suma, hemos naturalizado tanto desastre que cualquier cambio mínimo, hasta uno cosmético, se nos puede llegar a aparecer como un “logro”, una “conquista”. En ese sentido, el desastre sin paliativos de los 27 años del Montevideo frenteamplista —vaya paradoja— contribuyen a la construcción de un relato que, ahora, publicistas profesionales convierten en colorido discurso, encomiable ejercicio profesional mediante.

Daniel Martínez fue quien dio el puntapié inicial para el desastre de ANCAP que con medalla de oro —acá sí— terminara de cumplimentar Sendic, de quien con desfachatez el Intendente se pretende desmarcar. Sin embargo nos lo han vendido —y él se ha vendido a sí mismo— como un gestor de primer nivel. Una vez más, la cruda realidad de la capital desmiente esa auténtica posverdad, que buena cosa sería que la tuviéramos presente (la cruda realidad, no la posverdad) para no volver a comprar otra heladera, por más simpática que nos resulte.



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