Condena de Lula

La condena del ex Presidente Lula da Silva es un hecho penoso para la democracia latinoamericana. Que un mandatario electo por el pueblo en dos oportunidades caiga así, es una herida muy grande para un sistema que vio en él el ascenso real de las clases populares a la altura del poder.

El juez que condena al ex Presidente es un magistrado importante. Ha conducido un proceso difícil y riesgoso. Tuvo el coraje de procesar a figuras de enorme poder, los mayores empresarios del país, que aparecían intocables. Son empresarios globales, de un peso económico inusual en nuestro continente.

Que Lula fue la cabeza de una estructura de corrupción sistémica, dedicada a preservar el poder para el PT de modo indefinido, no le cabe duda a nadie que mire con un mínimo de objetividad los hechos. Más allá de discutir sobre enriquecimientos personales, lo que importa es que el “mensalâo” y el “lavajato” han demostrado hasta el hartazgo que de modo espurio se obtuvieron miles de millones de dólares de la vida del Estado, principalmente de Petrobras, para afianzar la hegemonía del PT en el poder. Son miles de millones, no son pequeñas sumas. Son licitaciones multimillonarias, por valores sin comparación posible en América Latina. De todo eso, ¿Lula no se enteraba? ¿Cuándo un diputado se daba vuelta y votaba lo que su gobierno quería, pensaba que era por convicción? ¿Lula era un idiota manejado desde el despacho de al lado por el Ministro Dirceu, cuando la corrupción hoy es un hecho monolíticamente comprobado, con miles de abrumadoras pruebas? Preguntarse es responderse y esto hace de Lula un gran responsable de lo que ha ocurrido en Brasil, especialmente luego de su segunda presidencia, cuando la dirigencia del PT se enloqueció por el poder y quiso perpetuarse.

Desgraciadamente, la discusión en nuestro país pasa todo por lo anecdótico. El frentismo salta a hacer de Lula una víctima y la oposición lo opuesto. El tema es muy serio y no puede ser llevado al debate minúsculo de un procedimiento o un juicio. Aquí estamos ante el episodio global de corrupción más grande de la historia de América Latina. Y ello ocurrió bajo la segunda presidencia de Lula Da Silva. No hace falta discutir sobre un apartamento para establecer su responsabilidad genérica. Ni siquiera el hecho notorio, que salía en los diarios, de Lula viajando con Marcelo Oldebrecht a Venezuela a cobrar los inmensos contratos allí adjudicados por el gobierno chavista al gigante brasileño de la construcción.

El tema es doloroso, pero también necesario. Alguien que sea rico y poderoso, no está más allá de la ley. Y que antes alguien haya sido un sindicalista pobre, tampoco. Debajo de la ley estamos todos y así debe ser. Lo peor es la destrucción de los partidos, que hará más difícil la reconstrucción de un Brasil que ya era hora que dejara atrás esa lacra de políticos que confundían la vida pública con la privada y hacían de aquella el pasaporte para florecer la segunda.



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