Combatir el machismo ambiental

Por Fátima Barrutta

Uruguay debe seguir luchando contra la discriminación hacia las mujeres

Con agudeza, el semiólogo Fernando Andacht postuló hace ya algunos años el concepto de “batllismo ambiental”, que parece definir el devenir político de nuestra república. Se trata de una definición que explica la tendencia mayoritaria de nuestra ciudadanía, casi desde los albores del siglo pasado, a identificarse con un modelo social de justicia social, tolerancia política y humanismo. Valores entrañables al batllismo que fueron mal traspasados a la hegemonía frenteamplista de los últimos años, una coalición de izquierda que más tiene de colectivismo que de solidaridad.

Parafraseando a Andacht, quiero referirme a otro sistema de ideas que participa del ADN nacional, y que, más particularmente, planea en forma amenazadora sobre los sectores y partidos políticos. Estoy hablando de un “machismo ambiental”, una convicción paradigmática de que la política es cosa de hombres, heredando un prejuicio que viene de las épocas en que se encerraba a la mujer en el hogar, valorándola en forma proporcional a su reclusión y silencio. Historias trágicas como las de Delmira Agustini y Clara García de Zúñiga dan cuenta de ese terrible prejuicio que, si bien en la actualidad se ha amortiguado bastante, no ha desaparecido del todo.

Las mujeres participamos en forma creciente de la vida política, es verdad. ¿Pero lo hacemos en proporción suficiente para hablar de una verdadera equidad de género? Claro que no. ¿Cuántos hombres están dispuestos a sustentar un liderazgo femenino?

Las aptitudes requeridas para el servicio público, ¿son las mismas en uno y otro género? ¿Se exigen las mismas condiciones a los hombres que se reclaman a las mujeres?

El batllismo siempre ha sido vanguardia en la lucha por la equidad de género. Gracias al batllismo, la ley dejó de ser un techo para transformarse en un piso, un punto de partida desde el que alcanzar las más altas cumbres, a partir del propio esfuerzo, cultura e idealismo. Fue a través de José Batlle y Ordóñez que las mujeres –aun en contra de nuestros propios prejuicios– accedimos a la oportunidad de ser lo que quisiéramos ser. Ciudadanas con plenos derechos y, por encima de todo, personas libres.

Desde esta plataforma de libertad que es el batllismo, entonces, debemos responder a la misión de contribuir a derribar las barreras culturales. Porque el modelo imperante en la actualidad aún instala y naturaliza desigualdades.

Mujeres y hombres ya no somos más espectadores, debemos ser artífices del cambio.

En estas elecciones internas que se avecinan, no podemos sentarnos y esperar que todo salga bien, cruzados de brazos.

El próximo 30 de junio, abandonemos la comodidad del hogar y concurramos a votar. Y antes de depositar el voto en la urna, pensemos en todos esos paradigmas que hay que cambiar.

Pensemos en quién nos representa, quién se acerca a nosotros para imbuirse de nuestras necesidades y demandas.

Como mujer y batllista, estoy preparada para asumir con responsabilidad el lugar que la ciudadanía decida darme. Por el Uruguay que quiero para mi hijo y para los hijos de mis adversarios.



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