Cianobacterias, agro negocio y conciencia Agropecuaria

Por Tomás Laguna

El in suceso más comentado de este verano fue, sin dudas, la contaminación de nuestras costas con las cianobacterias. La producción agropecuaria estuvo una vez más sentada en el banquillo de los acusados, mientras desde el gobierno no se atina a dar una respuesta seria a un problema grave.

No cabe duda que la contaminación de nuestras playas por cianobacterias a partir de los efluentes del Río de la Plata se trató de un hecho grave habida cuenta que afecta uno de nuestros recursos naturales más preciados y por ende al turismo en todas sus dimensiones. De perpetuarse el hecho las consecuencias pueden ser desbastadoras para un rubro tan importante de nuestra economía, pero también para uno de los principales pasatiempos veraniegos de los uruguayos. Como todo tema que adquiere relevancia social, en definitiva de eso se trata, los comentarios, análisis y conclusiones pueden alcanzar ribetes insospechados a partir del imaginario colectivo, la manipulación de información, la tergiversación o la mera simplificación de los análisis. Siendo que una vez más el agro es señalado con el dedo, entendemos del caso abordarlo, cuando ya estamos al filo del verano austral.

Toda vez que se denuncia contaminación en algún curso de agua, los Torquemada del ambientalismo cargan con particular insidia contra la producción agropecuaria, en particular el agro negocio, entendiendo por tal la aplicación de capital sobre el recurso tierra para generar rentas a partir de la producción agropecuaria. ¡Oh términos malditos! Como ocurrió en su momento con el curso del Santa Lucía o la Laguna del Cisne en Canelones, ahora la alarma y consecuente reivindicación logra alcance nacional. Las cianobacterias se constituyeron en inesperada munición de grueso calibre para una nueva cruzada contra el agro negocio. Esto implica una captación de adeptos a la causa como no lo han tenido antes. Así es que cualquiera opina, todos saben y sentencian con gravedad apuntando con el dedo a la producción agropecuaria. La mesa está servida para “los enemigos del progreso”, término este último muy bien acuñado por el economista y filósofo francés Guy Sorman.

“La culpa es de ese nuevo sistema de producción que siembra en superficie” dicen algunos opinólogos de pacotilla refiriéndose a la siembra directa, el mayor avance tecnológico en la preservación del recurso tierra desde que el hombre siembra para alimentarse. La pavada tiene otras muchas dimensiones.

Pero cuidado, no se trata de absolver a la producción agropecuaria de culpas, que seguramente las tiene, como también la tiene el vertido del saneamiento de nuestros pueblos y ciudades así como los efluentes de muchas industrias. Es que no existen formas de producción inocuas al medio ambiente cuando las mismas requieren que la naturaleza sea alterada de su status original para dar lugar a procesos dónde la biotecnología, a partir de la misma semilla, logre los niveles de crecimiento vegetal o animal necesarios para alimentar a la humanidad, y por extensión ser económicamente viables.  Lo contrario es volver a las tolderías, en una sociedad que se alimente de hortalizas orgánicas y con unas lecheras de 5 litros diarios en función de las pasturas naturales a las que accedan. Sería una sociedad supeditada a los principios maltusianos dónde el crecimiento de la población queda limitado a sus medios de subsistencia. Cuestión esta jamás respondida por los ambientalistas, orgánicos y agro ecológicos.

Siguiendo con este razonamiento, si necesariamente debemos producir para alimentarnos (fin social de la humanidad), si además los sistemas productivos deben responder a los parámetros de la economía de mercado (fin de los países agro exportadores supeditados a los precios internacionales, necesariamente regidos por la oferta y demanda y ahí no hay socialismo que valga), si como bien se dice la producción agropecuaria es de los rubros con mayor valor agregado en Innovación y Desarrollo incorporando como tal el conocimiento tecnológico de última generación, entonces debemos asumir como sociedad y país agroexportador la conciencia de que nos va la vida en el manejo de los recursos naturales utilizados para producir los bienes que luego exportamos. Se trata de asumir con responsabilidad la instrumentación de normas estrictas y controles y penalizaciones severos, pero también asumir los riesgos y por lo tanto prever las medidas de mitigación que estos exijan. Y esto debe ser política de Estado, como lo ha sido la Sanidad Animal que hoy nos permite ingresar con carne al exigente mercado japonés.

Todo lo demás es palabrerío, manipulación, y por encima de todo alimentar la confrontación social de la población urbana contra la producción agropecuaria.

Así estamos, una ministra se atreve a decir que los productores apalean a sus peones y que además se quejan subidos a sus 4x4, un ministro sentencia que la sociedad debe subsidiar a la seguridad social de los trabajadores rurales porque los productores no aportan en consecuencia, y ahora la contaminación de las playas es culpa de los productores rurales sin que desde el gobierno se proponga una sola idea para mitigar este mal en el futuro. Uno se pregunta, ¿son torpes o lo hacen de gusto? En realidad es lo segundo, no pueden con su aversión a los propietarios de la tierra y a la empresa agropecuaria. Tras de todo está la ideología, sea desde el ambientalismo o la mera reivindicación de la propiedad de los medios de producción.

Y uno se pregunta, ¿qué sentido y utilidad tiene el programa Conciencia Agropecuaria? En este escenario una gran pérdida de tiempo y recursos...



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