Autor de la primera bala y de la gran mentira

El último libro sobre Fernández Huidobro, escrito por una militante frenteamplista, registra que la aventura tupamara se basó en los engaños y las traiciones. El “Ñato” fue pionero en el uso de las armas y de los inventos.

Eleuterio Fernández Huidobro abrazó desde joven la causa de las armas. Tenía 21 años cuando participó del asalto al Tiro Suizo, en 1963; 23 años cuando integró el primer Ejecutivo de los Tupamaros; 24 años cuando asaltó Funsa y se tiroteó con la policía y 25 años cuando fue herido por primera vez, en un enfrentamiento en El Pinar.

A esa vida azarosa y llena de sangre está dedicado el último libro de María Urruzola –Eleuterio Fernández Huidobro, Sin remordimientos– que desnuda la peripecia de un gran ambicioso que usó tanto las armas como el arte del engaño y la traición.

La autora maneja varios testimonios, algunos de ellos guardados en el anonimato, lo que puede quitar verosimilitud a la crónica, aunque protagonistas como Jorge Zabalza y otros los dan por reales. Mujica los desacreditó. ¿A quién creerle?

También Urruzola se plantea a lo largo de las 278 páginas varias preguntas que no se contestan, pero que sugieren en forma enfática que Fernández Huidobro fue un traidor con mayúsculas, dedicado mientras estuvo en prisión o siendo luego Ministro a pactar con los represores más acusados de practicar las torturas. Huidobro fue uno de los que estando preso proveyó de mayor información a los militares, solo empardado por Mauricio Rosencof y Lucía Topolanski, quienes, entre los tres, habrían ofrecido datos mucho más precisos y decisivos que el denostado Héctor Amodio Pérez.

Huidobro fabricó un ardid según el cual le dio información supuestamente privilegiada a los militares, promoviendo una tregua bélica a cambio de ir convenciéndolos de sus verdades. Es claro que los militares lo usaron pero también se hace evidente que el Ñato, un personaje de una inteligencia y agudeza natural, quien además escribía muy bien y carecía totalmente de escrúpulos, los usó a ellos.

La segunda constancia que queda firme tras la lectura del libro de Urruzola es que el relato del que Fernández Huidobro es autor principal, según el cual los tupamaros “lucharon contra la dictadura”, es un invento frenético. La autora se apoya en el libro “El Impostor”, del español Javier Cercas, que es la investigación sobre la vida de un gran mentiroso que se hacía pasar por sobreviviente del Holocausto y que luego fue descubierto, para rescatar dos premisas válidas para la historia reciente de nuestro país: “Nadie se atreve a poner en duda el prestigio de la víctima y el prestigio del testigo”. Agrega Urruzola: “¿Cómo discutirle a una víctima? Sería inmoral, o sería visto como inmoral. ¿Cómo discutirle a un testigo? Sería intelectualmente imposible: él estuvo y usted no. A esos dos prestigios imbatibles, Fernández Huidobro le sumó un tercero, heroico: la valentía de tomar las armas y jugarse la vida, su pasado guerrillero. Con esos tres atributos, reunidos en su persona y en el de varios de sus compañeros, fue desplegando una épica tumapara que se volvió impune”.

Pero desmantelando esa impunidad, Urruzola agrega la cronología, de la que tomamos los datos de los primeros asaltos en los que participó Fernández Huidobro, que demuestran claramente que el alzamiento guerrillero no se hizo contra la dictadura sino contra la democracia, evidencia que ya nadie en el país podría discutir de buena fe. Pero, ya sabemos, a veces el relato, salpicado por un supuesto heroísmo que se va derrumbando pero lentamente, puede más que la versión precisa y objetiva de la historia reciente.

Esta versión que ubica a Huidobro como pionero en el uso de las armas es interesante para el Partido Colorado, ya que el Ñato acusó a esa colectividad de iniciar la guerra y de tirar “la primera bala”, lo que sostuvo en un artículo periodístico de 1998 y extendió después a su insistente prédica general. La acusación es totalmente desacreditada por los hechos que narra Urruzola.

El libro confirma algunos datos y agrega otros. Confirma que Rosencof ofreció un largo y detallado testimonio a los militares, dando abundancia de nombres, fechas y lugares. Involucra también a Lucía Topolanski como delatora, al punto que estuvo largo tiempo sancionada por la organización guerrillera. Y da cuenta que el actual senador y ex Presidente Mujica fue responsable de haber autorizado y promovido los asaltos a instituciones financieras tras la restauración democrática.

También se dedican capítulos a revisar la gestión de Fernández Huidobro al frente del Ministerio de Defensa, convirtiéndose en aliado de los militares y de sus estrategias. Ese proceso no sería ajeno a la necesidad que habría sentido el Presidente Mujica de trabar lazos directos y amistoso con los oficiales y politizar a los subalternos, tras haber sentido en forma directa, en la campaña de 2009, que los militares tenían mucha información sobre su turbio pasado con la que le estaban chantajeando.

Urruzola, quien sostiene que la guerrilla fracasó rotundamente, otorga sin embargo y al final del libro “algo de conmiseración” al personaje tan maltratado. Invocando otra vez al español Cercas, dice que “como sabe cualquier buen mentiroso, una mentira sólo triunfa si está amasada con verdades”. Y agrega la autora que “esa fue la gran e invencible obra de Fernández Huidobro, cual artesano de la historia, se dedicó a modificar levemente aquí y allá algunos detalles, a ocultar otros, a apropiarse de posturas que en su momento no compartió, a modificar sutilmente algunas trayectorias. Un magistral lifting de los orígenes, la práctica y la derrota del MLN que le permitió presentar otra cara de los tupamaros ante la sociedad uruguaya del siglo XXI. El rey de la imprecisión histórica”.

La de los tupamaros es, como decimos al principio de este artículo, una historia de miserias y traiciones. Este libro viene a confirmar esa interpretación.



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