Auge y caída de una utopía

El Mayo francés fue una utopía que marcó un tiempo. Con luces y sombras, la gran sublevación estudiantil sigue provocando esperanzas y angustias, según el testimonio de Luisa Corradini corresponsal de La Nación en París.

Cincuenta años después de Mayo del 68, el planeta no parece haber conseguido dar vuelta la página. Verdadera obsesión política e intelectual, la última gran sublevación estudiantil y obrera francesa del siglo XX sigue provocando esperanzas y angustias, fantasmas y nostalgias, elogios y sarcasmos.

Desde hace cinco décadas, el mundo vuelve a ver el mismo film: el de una generación de estudiantes que vive en un reducido perímetro parisino -entre el río Sena, la célebre rue d'Ulm y el boulevard Saint-Michel-, con telón de fondo de las guerras de Argelia y de Vietnam, la revolución cubana y los proyectos de Mao, que un día 3 de mayo decide transformar el patio de la Sorbona en ágora y rebelarse contra el statu quo en las calles de la ciudad. Y que pronto es seguida, apoyada o imitadas por gran parte de la juventud occidental.

En aquella Francia todavía resistente y heroica dirigida à la baguette por el general Charles de Gaulle, ese episodio espontáneo asumió todas las características de un profundo rechazo a las estructuras políticas y sociales del país.

"Los jóvenes de Mayo del 68 pretendían dejar atrás la Francia de la Segunda Guerra Mundial y las guerras coloniales y denunciar la guerra de Vietnam. La revuelta también terminó provocando la caída del general De Gaulle", señala el historiador Eric Alary.

¿Cómo no reconocer que esa inesperada explosión de rebeldía contenía todos los elementos para transformarla en mito? Jóvenes contra viejos, futuro contra pasado, libertad contra sumisión, igualdad contra discriminación. En un país donde el conservatismo social mantenía las universidades completamente fosilizadas, la prodigiosa productividad del escenario intelectual alimentó la insatisfacción y la necesidad de cambio.

"El año 1966 es la fecha en que se impone el pensamiento estructuralista, iniciado hacía tiempo por Claude Lévi-Strauss, ayudado por la reactivación del psicoanálisis con Lacan y el retorno del modelo lingüístico con la teoría literaria. Sin hablar de la extraordinaria nebulosa filosófica que giraba en torno a todo eso", precisa ahora el filósofo Marcel Gauchet.

En un libro apasionante, La Francia de ayer. Relato de un mundo adolescente, el historiador Jean-Pierre Le Goff, en aquel momento estudiante en Caen, en el norte del país, explica: "Nos encontrábamos a media agua. Con un pie en el viejo mundo, al que estábamos apegados por toda una filiación histórica, y el otro en una sociedad inédita. Éramos adolescentes y dejábamos un universo tradicional, marcado -en mi caso- por un catolicismo doliente, para entrar en una sociedad de consumo, de diversión y medios de comunicación, donde se tenía la impresión de que la felicidad estaba desde ese momento al alcance de la mano. Era la época de la banda de amigos, el rock, el yé-yé. La grieta entre generaciones era manifiesta".

Le Goff recuerda que Francia pasaba entonces por un momento de intensa modernización -conocida como Los 30 gloriosos- iniciada por la IV República después de la Segunda Guerra Mundial y continuada por De Gaulle a partir de 1958.

Pero la historia no se controla. Y esa modernización tuvo efectos no buscados que provocaron una nueva mentalidad hedonista. Los sacrificios, el trabajo, el deber. Todo eso comenzó a perder sentido. Fue en ese contexto que nació lo que yo llamo el pueblo adolescente", cuenta.

Ante ese mundo nuevo que se abría, es verdad, Mayo del 68 podría ser definido como un movimiento provocado por un extraordinario apetito de conocimiento. Pero no fue solo eso. Y el mejor testimonio de ese momento mágico, donde todo parecía posible, donde las puertas se abrían a la esperanza, fueron esos eslóganes poético-políticos que, en plena primavera, entre las hileras de plátanos parisinos perfectamente tallados, comenzaron a decorar las paredes de la ciudad.

"Prohibido prohibir", "Haced el amor y no la guerra", "Debajo de los adoquines, la playa". "No pierdas la vida ganándola", "La imaginación al poder", "Todo, ya mismo", "Sean realistas, pidan lo imposible".

El éxito planetario de esas consignas quedó plasmado en la memoria colectiva como un rastro indeleble del espíritu de Mayo del 68. El suceso contribuyó además a orientar la percepción de una revolución puesta bajo el signo del rechazo a la autoridad y al individualismo, en favor de la liberación sexual y el elogio del presente.

Lo que se sabe menos es que esas consignas deben su existencia a un reducido grupo de cerebros creativos, denominados los rabiosos de Nanterre, la universidad desde donde partió la protesta. Fueron menos de una decena de personas cuyas ideas respondían a la ideología de la internacional situacionista, entre ellos Guy Debord, René Viénet, René Driesel, Raoul Vaneigem o Mustapha Khayati, que organizaron el primer comité de ocupación de la Sorbona. Según la historiadora Michelle Zancarini-Fournel, Viénet fue el autor de aquel legendario "la humanidad será feliz cuando el último burócrata sea colgado con las tripas del último capitalista".

Esos eslóganes, sin embargo, estaban lejos de reflejar lo que pensaban los diez millones de personas que participaron en el movimiento. El registro de reivindicaciones de un obrero de la ciudad de La Rochelle, en el oeste del país, no tenía nada que ver con las utopías situacionistas. En realidad, los panfletos que circulaban en las fábricas en huelga y en las organizaciones de extrema izquierda eran decididamente menos poéticos. El léxico utilizado respondía al marxismo ortodoxo: se hablaba de capitalismo, de proletariado, de lucha de clases, de igualdad y otras formulaciones tradicionales, eclipsadas hoy por la magia de los grafitis que conservó la historia.

Medio siglo después, unos y otros tienen algo en común: todos reconocen con nostalgia que fracasaron en su principal objetivo: hacer la revolución. Pero, a pesar de los siete muertos y los centenares de heridos provocados por los enfrentamientos con las fuerzas del orden, Mayo del 68 permitió sacar a la luz del día todos los tabúes de la sociedad, liberar la palabra y obligar a los dirigentes a tener en cuenta la opinión de la juventud. Esos días fueron un acelerador para todos los temas ligados a la sexualidad, el aborto, la anticoncepción y los derechos de la mujer. Incluso, gracias a los llamados Acuerdos de Grenelle, permitieron una organización más humana del trabajo y de la empresa.

Sin embargo, todo eso sigue siendo motivo de debate político 50 años después.

En la derecha, las ideas de Mayo del 68 son acusadas de haber pisoteado las antiguas jerarquías, desmembrado la familia, desvalorizado el trabajo y destruido la autoridad. "Mayo del 68 nos impuso el relativismo intelectual y moral", afirmaba en 2007 el entonces presidente conservador Nicolas Sarkozy. Su herencia, postulaba, debía "ser liquidada de una vez por todas".

En amplios sectores de la izquierda radical, las opiniones no son mejores. Los responsables del movimiento son objeto de una crítica sin concesiones por haber sido "los pajes del neoliberalismo". Para ellos, el concepto de "gubernamentalidad" forjado por Michel Foucault no estaría lejos del de "gobernanza" de los cuadros mundializados, y el "rizoma" de Gilles Deleuze habría acompañado la aparición de una sociedad capitalista en red. Ya en 1978, el exguerrillero francés Régis Debray afirmaba que Mayo del 68 fue "la cuna de la sociedad burguesa", porque era necesario liberar las costumbres a fin de favorecer el consumo de esos "hijos de Marx y de Coca-Cola", como los llamaba Jean-Luc Godard.

Tampoco faltó la eterna tentación de la recuperación.

El expresidente socialista François Mitterrand quiso atribuirse el legado, sin ser el heredero. El sucesor, el conservador Jacques Chirac, fue quizás el único que nunca echó aceite sobre el fuego ni destinó a la hoguera los íconos de aquella época. Nicolas Sarkozy se erigió en gran fiscal de la acusación. François Hollande se presentó como el defensor de la causa. Por fin, Emmanuel Macron, que nació nueve años después de aquel momento, quiere ahora celebrar "la dimensión internacional" del 68, incluyendo la Primavera de Praga, la masacre de estudiantes en México y otros hechos que marcaron la época.

Después de un mes de manifestaciones, huelgas y ocupaciones, el 27 de mayo de 1968 las centrales gremiales firmaron los Acuerdos de Grenelle con el gobierno del primer ministro Georges Pompidou, donde este aceptaba la creación de secciones sindicales en las empresas, un aumento de 10% de promedio del salario real y un reajuste del salario mínimo de 35%.

El cansancio y el cambio de posición de la opinión pública, inicialmente favorable al movimiento, provocaron un tsunami gaullista en las elecciones anticipadas del 30 de junio. Las huelgas cesaron progresivamente durante ese mes y los principales focos de protesta, como la Sorbona y el Teatro Odeón de París, fueron evacuados por la policía.

Cuando todo terminó, la burguesía francesa lanzó un suspiro de alivio, convencida de haber dejado atrás los "caprichos absurdos de todos esos mocosos", y segura de que la vida retomaría serenamente su curso.

Pero ese pronóstico estaba equivocado. Porque hace 50 años hubo un antes y un después de Mayo del 68.

Esas escasas semanas del pueblo en la calle en ciudades grandes, pequeñas y medianas, marcaron la imaginación, cambiaron las mentalidades y se inscribieron en la memoria colectiva de los pueblos. Tanto en Francia como en el exterior.

En Alemania, la prolongación de esas ideas libertarias, ejercidas con brutal radicalismo por la banda Baader-Meinhof constituyó un traumatismo compartido por los italianos con los anni di piombo (años de plomo) y sus atentados zurdo-fascistas. Pero, por suerte, hubo mejores logros.

El feminismo y otras libertades

Como lo señala Régis Debray, lo que mejor funcionó es lo que nadie había previsto: la llegada del feminismo, las nuevas relaciones hombre-mujer, la anticoncepción, el reconocimiento de la interrupción voluntaria del embarazo como último medio de escoger libremente cuándo y cuántos hijos quiere una mujer.

Todo eso no se haría sin manifestaciones, reuniones, presiones y turbulencias de todo tipo. Pero, digan lo que digan los críticos, la juventud del 68 fue capaz de ridiculizar la noción de patriarcado tradicional, ese machismo obsoleto que no había conseguido mejor justificación que depositar su supuesto honor masculino en el uso que sus hijas, sus madres y sus mujeres hacían del sexo.

La multiplicación de uniones extraconyugales es la consecuencia lógica de lo que precede, así como la extinción de la noción de bastardía, esa condena infame infligida a los inocentes por la sociedad biempensante.

Mirado con distancia, Mayo del 68 parece haber sobrevivido casi exclusivamente en lo social, ya que también instauró una nueva forma de relación con el otro.

"En ese momento nacieron el irrespeto y la ironía contra los pretendidos grandes de nuestra sociedad del espectáculo, como la llamaron Guy Debord y Pierre Bordieu. Esos people que se mueren por aparecer en las portadas de los semanarios, capaces de hacer cualquier cosa con tal de que se hable de ellos. Eso vale para el periodismo y para la política. Cualquier político que se contente con hacer bien su trabajo de intendente, diputado, consejero regional o senador lejos de las cámaras de televisión, no existe. Sea cual fuera su eficacia o el trabajo ejecutado", señala Serge Audier, profesor de filosofía moral en la Universidad París IV.

Último sobresalto de Mayo del 68: el estallido del candado que impedía a las mujeres denunciar las violencias que padecen en sus propios hogares, en el trabajo o en los transportes públicos con el movimiento MeToo.

"Nueva demostración de una democracia activa, ese movimiento significa, sobre todo, la denuncia de las desigualdades de las que son víctimas. Las mismas que conocen aquellos que tienen la piel mate, oscura o negra: 'Mujeres-gente de color, el mismo combate', como lo describió en su momento Simone de Beauvoir", agrega Audier.

¿Se podría repetir? ¿Cómo responder? Es verdad, en aquel momento, nadie lo vio venir. Pero hoy vivimos en otro mundo. La burguesía y la lucha de clases de Karl Marx han dejado de tener importancia. Las sociedades viven en plena desindicalización y despolitización. Y la juventud actual no es la misma que hace medio siglo. Es como si hubiera mucha menos consciencia colectiva. La juventud actual vive dentro de un sistema de arreglarse como se pueda frente a las derivas de la globalización. Todavía conserva la capacidad de indignarse, pero solo en las redes sociales, no en la calle. Hoy es posible crear caos y anarquía en las redes. Los jóvenes son solidarios entre ellos, pero de un modo diferente que en el 68.

Sin embargo, todos los ingredientes existen: mientras que hace 50 años el mundo vivía una época de prosperidad, los países occidentales se sentían "asfixiados por una sociedad de consumo" incipiente, ahora la chispa que puede encender la hoguera son los millones de desocupados, períodos de crisis, cóleras y fracturas que nadie consigue resolver.

¿Mayo del 68 podría ser utilizado como un instrumento crítico del presente, como sugiere el filósofo Patrice Maniglier? "Creo que sí por numerosas razones", analiza el joven historiador Boris Gobille, autor de tres libros sobre ese movimiento. "Primero, porque Mayo del 68 demuestra que las relaciones políticas y sociales actuales son susceptibles en todo momento de ser cuestionadas en su totalidad. Y eso podría representar un antídoto a todos los fatalismos que nos anuncian, como si el mundo fuera imposible de cambiar. Segundo, porque frente a las desigualdades socioeconómicas cada vez más grandes, Mayo del 68 nos recuerda la fuerza que pueden tener las exigencias de igualdad, cuando son defendidas por multitudes. Cuando uno piensa en las diversas experiencias alternativas que se producen hoy en todas partes del mundo, la crítica del 68 a la alienación mercantil, al productivismo, la sociedad del consumo y del espectáculo me parece, además, de una actualidad absoluta", explica.

Pero el historiador lanza un llamado de atención: sería un grave error tratar de inspirarse en Mayo del 68 para cambiar el mundo. "El 68 no debe impedir la reinvención del presente. Líneas subterráneas e invisibles conectan a veces a través del tiempo las rupturas históricas y las experiencias revolucionarias. Pero no como modelos para imitar, sino como signos de discontinuidad y receptáculos de posibilidades críticas, que deben ser revisados y reinventados en función de las necesidades del presente", concluye.

A pesar de este nuevo mundo y de que todos ellos han superado con creces los 70 años, a los soixante-huitards -como se llama en Francia a la generación del 68- se les sigue iluminando la mirada cuando evocan aquellos días. Es verdad, con el tiempo la gran mayoría terminó incorporándose a los estratos más privilegiados de la sociedad liberal, pero todos conservaron una cierta manera de vivir, una marcada inclinación hacia la tolerancia y un rechazo del individualismo.

El mejor ejemplo de esa transformación quizás sea el ícono absoluto de Mayo del 68: Daniel-Cohn Bendit. Símbolo de aburguesamiento para muchos, Dany, el Rojo apoyó al presidente socio-liberal Emmanuel Macron en las últimas presidenciales francesa de 2017 y sigue hablando de aquella época como de una "revolución existencial librada por una juventud en busca de libertad".

"Cohn-Bendit aprecia a Macron porque, para él, este joven presidente encarna el cambio absoluto", analiza uno de sus allegados.

“Un inmenso fracaso”

Lo que nadie sabe con certeza es qué conmemorar. "En el fondo, Mayo del 68 fue una revolución que no triunfó. Un inmenso fracaso", resume Christian Delporte, especialista de la historia política y cultural de Francia en el siglo XX.

A los 73 años, Cohn-Bendit no quiere mostrarse ni nostálgico ni arrepentido. Pero, después de una prolífica vida política, está cansado de ser únicamente asimilado a aquella gesta. Acepta las conmemoraciones con resignación, pero rehúsa en lo posible entrevistas y debates sobre la cuestión. Pragmático y realista, lejos de los mandatos electivos y reconvertido en comentarista radiofónico, el pelirrojo franco-alemán más célebre de la segunda mitad del siglo XX, analiza las vanas fantasías de aquella generación:

"La gente creyó que en verdad cambiaríamos el mundo. Cuando después todo terminó, imposible de comprender. El verano (boreal) pasó como si nada. De regreso a clases todo el mundo advertía: 'Ahora verán. El otoño será caliente'. Pero nada sucedió. Muchos vivieron largo tiempo aferrados a ese mito. Yo, deportado, vivía en Alemania, donde me integré a una comunidad y tuve una suerte increíble: me enamoré. Allá también asistíamos al derrumbe del movimiento estudiantil y a la creación de partidos revolucionarios maoistas, trotskistas, etc. Pero, en Alemania, existe el movimiento antiautoritario, la vida en comunidad y la vida colectiva. Yo tuve que redefinirme. La prohibición de residir en Francia me salvó la vida porque me obligó a inventarme nuevas raíces en otra realidad social, a dejar de vivir solo de esa imagen de ícono. Contrariamente a la mayoría de mis amigos de Mayo del 68, no me deprimí, todo lo contrario", relata.

Entonces, a falta de celebración, el gobierno francés decidió, por primera vez abrir sus memorias: una de las exposiciones más esperadas presentará en los Archivos Nacionales los acontecimientos de Mayo vistos por la Presidencia francesa, el gobierno, las administraciones centrales o la Corte de Seguridad del Estado, que trataban de terminar con la protesta.

En todo caso, más allá de las controversias intelectuales y políticas, medio siglo después de las barricadas del Barrio Latino y la ocupación de la fábrica de Renault, la percepción de los franceses es clara: 79% reconoce que aquel movimiento tuvo consecuencias positivas para el país y para el resto del mundo.



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