Aferrados al poder

El Frente Amplio vuelve otra vez a plantear la reforma de la Constitución, con la única intención de derogar el balotaje y de obtener otras ventajas que aseguren el continuismo.

No hay un reclamo popular ni una razón de Estado para reformar la Constitución, pese a lo cual el Frente Amplio insiste con el tema. Aún no lo ha resuelto en forma definitiva porque hay diferencias internas (¿cuándo no?) pero la iniciativa fue presentada por un grupo que diseñó los lineamientos de “Estrategia Política” que deberá aprobar el próximo plenario del mes de mayo. Algunas versiones de prensa indican que podría confirmarse la iniciativa, ya que solo el “astorismo” se opone a la misma.

La reiterada propuesta trilla los temas ya conocidos: eliminación del balotaje, reforma del Poder Judicial para recortar sus potestades y someterlo, habilitación del voto desde el exterior (lo que ya fue rechazado en un plebiscito anterior) y una serie despareja de planteamientos que van desde la eliminación del voto cruzado a nivel departamental a la “modernización” del derecho de propiedad en favor de las fórmulas cooperativas.

Los problemas del país no son de orden constitucional. Para mejorar la seguridad pública, reformar la enseñanza o generar mejores empleos no es necesario ni conveniente embarcar al país en una discusión de esa índole. A la vez, tampoco la gobernabilidad requiere reformas constitucionales, ya que con el actual sistema el Frente Amplio obtuvo mayorías parlamentarias en tres oportunidades.

Quiere decir que las motivaciones de las propuestas reformistas andan por otro lado y la ausencia de fundamentos por parte del Frente Amplio lleva a pensar que la única intención es la de aferrarse al poder, al que ya sus principales dirigentes se encuentran atornillados. El oficialismo ha perdido capacidad de propuesta, no hay proyectos ni sueños que lo movilicen y su gestión hace agua por todos lados, por lo que lo único que lo identifica y que lo une es su instinto de conservación. En esa medida, la reforma de la constitución tiene solo una intención continuista, expresada en la eliminación del balotaje, la aceptación del voto del exterior y la disminución institucional del Poder Judicial.

Para reformar la carta magna se requiere, siempre, acuerdo de la mayoría de los partidos políticos y calor popular. Ninguna de esas condiciones aparecen tras la propuesta frenteamplista, por lo que la tentativa se dirige directamente al fracaso, pero esa flaqueza no impide que señalemos con todo vigor que el reformismo es una vil maniobra electorera que desprestigia al discurso público y a las instituciones.



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