75 años

Con ese título, el Dr, Julio María Sanguinetti publicó en el diario El País su columna mensual, que acá reproducimos, ante un nuevo aniversario de la finalización de l segunda guerra mundial. "La incomprensión del presente nace fatalmente de la ignorancia del pasado", escribió luminosamente Marc Bloch.

Desgraciadamente, cuando se procura iluminar lo ya ocurrido, es muy de nuestro tiempo mirar con indiferencia esas evocaciones bajo la idea de que lo que importa es el futuro ya que lo anterior es irreversible. Sin embargo, aunque la historia nunca se repite, sus corrientes son las únicas que nos hacen inteligible el presente, por analogías, permanencias y fundamentalmente la configuración de mentalidades que son el resultado de ese devenir.

Recordar que hace 75 años terminó la Segunda Guerra Mundial, no es una memoria congelada. Es una dramática lección sobre lo que pueden significar la intolerancia, el dogmatismo ideológico, el prejuicio étnico, la debilidad de las instituciones democráticas o las humillaciones a las naciones y grupos humanos. Fue una enorme batalla, acaso la mayor de la historia, por la dignidad humana. Como dijo Churchill, si sobrevivimos "algún día se dirá que esta fue nuestra hora más gloriosa". Y lo fue, lo es.

El conflicto anterior, el que va de 1914 a 1918, culminó con la derrota alemana e instaló el fantasma de su posible renacimiento militar. De ahí que en Versailles se le impusieran condiciones que el propio Lord Keynes, en un célebre memorándum ("Las consecuencias económicas de la paz") sostuvo que llevar a Alemania a la servidumbre, generaría tal humillación en su pueblo que "dentro de 25 años tendremos que repetirlo y nos costará tres veces más". Desgraciadamente así fue, cuando un demagogo rencoroso como Hitler explotó ese resentimiento popular, hizo de los judíos un chivo expiatorio de las penurias económicas (que la crisis del 29 llevó a su máxima expresión) y arrastró al mundo a su mayor tragedia.

Aquella primera guerra fue una sangrienta insensatez, bien propia de ese mundo de imperios y absolutismos nacionalistas que terminaron allí mismo, con la caída de los zares rusos y de los imperio Austro-Húngaro y Otomano. De ese derrumbe nació nada menos que el imperio soviético y la ola nazi-fascista en Europa. Faltó visión a los vencedores. Y esa ceguera valoriza particularmente la sabiduría de esa segunda posguerra que nació hace 75 años, cuando capituló Alemania.

La peor secuela se volvió a vivir en Alemania, con su división entre democracia y comunismo. Sin embargo, la restauración democrática del lado occidental fue un formidable éxito, que permitió -cuando más tarde se puso final a la guerra fría- una reunificación pacífica que le condujo a la admirable prosperidad material y cultural de hoy.

Aquí es interesante subrayar el enorme aporte de los generales norteamericanos. George Marshall, luego de ser el Jefe de Estado Mayor del ejército norteamericano durante el conflicto, devino Secretario de Estado y lanzó su célebre plan para la reconstrucción europea, que contribuyó a que la expansión comunista no llegara a ese Occidente empobrecido. Dwight Eisenhower, por su parte, comandó nada menos que el Desembarco de Normandía, documentó e hizo testimoniar multitudinariamente el horror de los campos de concentración nazis (pensando proféticamente que algún día alguien lo negaría), preservó el legado social de Roosevelt y terminó su mandato advirtiendo el peligro que era para la democracia el nacimiento del poderoso complejo "militar industrial". El polémico Douglas Mac Arthur, a su vez, fue el comandante de la Guerra del Pacífico y luego "gobernó" Japón durante seis años, preservando al Emperador y sus instituciones tradicionales para evitar que creciera el sentimiento de humillación por la derrota.

Nació entonces una institucionalidad para la paz, que fue desde la creación de Naciones Unidas hasta la del Banco Mundial de "Reconstrucción y Fomento" y el Fondo Monetario Internacional.

Pese a todos los pesares, a los avatares de la Guerra Fría que vendría después y a los conflictos locales como Medio Oriente o Vietnam, globalmente el mundo nunca tuvo tanta paz y, por supuesto, prosperidad. Ese gran espacio multilateral, sin embargo, hoy está en crisis y lo ha revelado la pandemia en curso, con Estados Unidos haciendo lo que se le ocurre, China rivalizando con él, Europa ensimismada en su compleja división interna y ni hablemos de nuestra América Latina, donde no hay modo de sintonizar.

Esta celebración de los 75 años debiera ser, en esa perspectiva, una pausa de reflexión. Que si no le llega a las potencias, tampoco nos condena al resto a la parálisis del espectador. Aun con la modestia de nuestras fuerzas, no hay puente al que no debamos contribuir ni esfuerzo que dejemos de hacer para acompasarnos a la velocidad de una ciencia que viene dejando tan atrás los modos políticos del pensar y el hacer.

Nuestra democracia, consolidada luego de 35 años de libertad, vuelve a vivir una desafiante prueba que va desde la salud a la paz social. La grandeza que alienta desde el pasado, nos impone a todos -sin excepciones- el deber de la mirada amplia y profunda, despojada de sectarismos, utopías regresivas y pequeños personalismos.





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